Etapa 29: Novalja – Zadar (77 km)

Hoy hemos recorrido la isla de Pag de norte a sur para pasar de nuevo, a través del puente de Paski Most, a tierra continental. Hacia las diez de la mañana hemos dejado Novalja (también llamado Novalis). Es un gran centro turístico famoso por su fiesta. Parece ser cierto porque anoche en el camping hubo verbena hasta bien tarde. Por suerte, el cansancio nos hace dormir profundamente y no nos enteramos demasiado. Disculpándose por el jaleo, el personal del camping no nos ha cobrado la noche, así que todos contentos.

Hemos salido por la carretera central que cruza la isla. A pesar de que es una vía sin demasiado tráfico, habíamos visto en el mapa que existe un camino paralelo para llegar a la ciudad de Pag así que hemos preferido esta opción. Desde luego ha sido un acierto porque el camino es de tierra pero el firme está bastante bien y el paisaje ha sido espectacular.

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Vista de la laguna de Pag

La isla tiene un entrante de mar por su parte oriental que forma una especie de laguna en su interior y el camino sigue la linea costera de ésta. Alrededor del agua hay algunas casas dispersas y un poco más allá se elevan murallones de roca caliza que forman un escenario muy pintoresco. Pag es, desde luego, una isla muy especial. Es muy árida pero, y quizás por eso, tiene unos paisajes muy originales.

Hemos llegado al pueblo de Pag, que da nombre a la isla, después de apenas veinte kilómetros. Es un pequeño lugar que tiene, como muchos otros de Croacia, una historia ligada a la República de Venecia. La mayor parte de su trazado urbano y sus monumentos son de aquella época. Todo realizado en la característica, y omnipresente en Croacia, piedra caliza blanquísima que le da un aire armonioso y elegante.

Pag tiene una buena playa sobre la laguna interior de la que hablábamos antes, lo que hace que en verano sea un destino muy turístico.

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Vista desde la playa de Pag

También es famosa por sus salinas que, antiguamente, fueron su fuente de sustento y quizás su razón de ser. Y no se nos olvida que también es conocida en toda Croacia por su queso, el Paski Sir, de leche de ovejas que pastan las hierbas de la zona. Sir significa queso y Paski significa que es de Pag, es decir Queso de Pag. Como no, hemos comprado uno para probarlo. Lo cierto es que no estaba mal pero tampoco vale lo que hemos pagamos por él. Esto de comprar en sitios de turistas a veces es lo que tiene.

Desde Pag hemos seguido por la carretera principal hacia el sur, siguiendo las estribaciones del entrante de mar que atraviesa la isla. Es aquí donde se encuentran las salinas. Ya era mediodía y el calor apretaba de lo lindo.

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Salinas de Pag

Por la parte sur hay también un entrante de mar. En este caso es más pequeño y estrecho. En esta parte también hay alguna playa pero las laderas de la costa con auténticos pedregales desprovistos de vegetación.

La isla de Pag conecta con la tierra continental a través de un puente llamado Paski Most, es decir el puente de Pag. En apariencia es un puente muy corto, nadie diría que estamos en una isla cuando vas a cruzarlo. Sin embargo es un lugar de paso que ha sido clave en la historia croata. Hay una fortificación derruida a los pies del puente y anterior a él, desde luego, que ya refleja el interés por controlar este estrecho paso. Más recientemente, durante la guerra serbo-croata, este puente fue clave para conectar el norte y el sur de Croacia cuando la parte del interior estaba incomunicada. Debido a ello fue atacado varias veces y luego finalmente reconstruido.

Si en Pag, entre el calor y el paisaje yermo, nos parecía estar en el desierto, nada más salir de la isla hemos entrado en el reino de las aguas. Un cielo oscuro se avecinaba por el sureste junto a las laderas de la montaña. Las mismas nubecillas que esta mañana posaban inocentes para nuestras fotos se habían convertido en oscuros, malhumorados y gruñones nubarrones. Ha empezado a gotear y hemos decidido resguardarnos en el porche de una casa.

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Los nubarrones amenazantes

Lo cierto es que teníamos que ir rumbo oeste, hacia Zadar y parece que por allí se abría un poco la tormenta. Después de un rato hemos intentado salir y, efectivamente, parece que la habíamos dejado atrás. Pero cuando ya estábamos pedaleando confiados nos ha sorprendido una tromba de agua que nos ha calado hasta que hemos encontrado un pueblo y logrado protegernos. Y justo cuando hemos entrado en una especie de cochera ha empezado a granizar violentamente. En el fondo, se puede decir que hasta hemos tenido suerte.

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Viendo caer la lluvia desde nuestro lugar de resguardo

Después de un rato de espera resignada la lluvia ha parado, ha salido el arco iris y hemos podido continuar el trayecto bajo un sol espléndido. Antes de llegar a Zadar nos hemos encontrado con un par de chicas francesas y un chico holandés muy simpáticos. Estaban viajando en bici también, haciendo la ruta de Split a Tallín. Hemos estado charlando un rato y nos hemos hecho una foto. Cuando nos la manden la ponemos. (Si leéis esto os mandamos un abrazo y mucha suerte para el viaje)

Nos gusta encontrar por el camino a colegas de alforjas e intercambiar experiencias pero, por desgracia, en esta zona no es muy frecuente.

Finalmente hemos llegado a Zadar. La entrada ha sido un poco anodina. Hemos tenido que llegar casi hasta el centro de la ciudad para tener la sensación de estar en el lugar que nos esperábamos. Zadar fue una ciudad muy castigada por los bombardeos durante la II Guerra Mundial, lo que ha hecho que la mayoría de su patrimonio se destruyese. Uno de los motivos de tal violencia parece deberse a que antes del estallido bélico contaba con una población de mayoría dálmata-italiana a la que Tito, futuro presidente de Yugoslavia, quería expulsar a toda costa.

Lo bueno de esto, si es que lo tiene, es que no ha tenido más remedio que reinventarse y creemos que no lo ha hecho mal. Una de las obras con las que han intentado dotar de nuevo atractivo a la ciudad es la intervención del arquitecto Nikola Bašić en el malecón de la ciudad. En este lugar se ha construido el órgano de mar, una especie de instrumento musical natural en el que el mar, a través de su vaivén, hace insuflar aire a un sistema de tubos afinados de modo pentatónico. El efecto es una música hipnótica. Es una de las obras arquitectónicas contemporáneas que nos despiertan más respeto, la verdad. La otra intervención es el llamado «Saludo al sol», una gran circunferencia llena de placas fotovoltaicas que recogen la energía solar durante el día y, a la noche, la transforman en juegos de coloridos destellos aleatorios.

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Atardecer en el Órgano de Mar

Si el objetivo era crear nuevos atractivos para la ciudad creemos que lo han conseguido a tenor de la cantidad de gente que se arremolinaba por allí para ver la puesta de sol que, por lo que dicen, Hitchcock calificó como la más bella del mundo.

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Atardecer junto al órgano de mar

Es hermosa, que duda cabe, pero ya se sabe de estas cosas. Cuando tienes a cientos de personas a tu alrededor viendo algo especial esto empieza a serlo algo menos. Y si el órgano de mar es un instrumento musical se supone que la gente debería ir allí a escucharlo pero parece que ocurre como con la música en general, se va al concierto a hablar con el vecino.  Una pena porque, aun habiendo mucha gente, si el clima fuera de silencio y escucha el concierto marino al at atardecer sería un espectáculo emocionante.

Etapa 28: Senj – Novalja (68 km)

Hoy estamos de mini celebración ya que hemos cumplido los dos mil kilómetros de este nuevo viaje.

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Ayer os hablábamos de la bella torre de Nehaj, uno de los símbolos de Senj, pero no os comentamos nada de otro por el que éste lugar es incluso más famoso, el Bora. El Bora o Bura es un fuerte viento que sopla del interior montañoso hacia el mar por la diferencia de gradiente térmico. En esta zona, normalmente, tiene componente NE pero suele estar condicionado por la orografía del terreno.

Nada más despertarnos en la habitación de la casa en la que nos alojamos ya oíamos bufar al bora, del que algo habíamos leído. Es cierto que no tenía la violencia que puede mostrar en los meses fríos del año, cuando puede alcanzar los 200 km/h, pero soplaba fuerte. Cuando hemos salido, el mar presentaba un aspecto bien distinto al de ayer. Su color era de un azul oscuro profundo y su superficie aparecía encrespada y moteada de jirones blancos. El aire estaba limpio y el horizonte claro.

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Imagen del mar con la torre de Nehaj al fondo

Hemos empezado el pedaleo a ratos ayudados y llevados por el bora, a ratos bregando con él y en otros intentando no caernos con su embestidas. Hemos parado a comprar avituallamiento en el siguiente pueblecito, Sveti Juraj, apenas unas cuantas casas en torno a un pequeño puerto.

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Puerto de Sveti Juraj

Queríamos ir preparados para subir los casi cuatrocientos metros de desnivel que nos esperaban. Por suerte este puerto no tiene rampas excesivas pero durante toda la subida hemos tenido que ir pendientes de las ráfagas de viento que se concentraban, especialmente, en los vados y valles de la montaña.

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Subiendo el puerto

Como la carretera tiene muy poco tráfico, cuando empezaba a soplar el bora nos acercábamos a la parte central para evitar algún susto en sus laterales, que a veces daban un poco de vértigo. Eso sí, el paisaje ha sido un gozo continuo. Con la altura, la perspectiva del Adriático salpicado de multitud de islas es un auténtico espectáculo.

Y las laderas de la montaña, cubiertas de una frondosa capa de vegetación, preludian los tesoros que se esconden más al interior, donde se encuentran algunos ricos parques nacionales con que cuenta Croacia.

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Laderas de las montañas en la zona de Lukovo

Después de coronar la cumbre del puerto la carretera comienza un bajar y subir que es lo que más daño hace a nuestras piernas, desde luego. Hacia las tres hemos llegado a Prizna, un pequeño puertecito en el que queríamos cruzar en ferry a la vecina isla de Pag, en cuya parte norte nos encontramos ahora. Mañana la recorreremos hasta su extremo sur para cruzar, a través del puente de Paski Most, hacia Zadar, ya en tierra continental.

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Bajando hacia el puerto de Prizna con Pag al fondo

Es curioso el contraste que se observa, al cruzar con el ferry hacia Pag, entre las laderas salpicadas de vegetación de las montañas continentales y los yermos pedregales de las de la isla.

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Vista de Pag desde el Ferry

No estamos seguros pero sospechamos que algo tendrá que ver en ello nuestro amigo Bora. El interior de la isla, ya al resguardo del inquieto viento, muestra ya un tapiz vegetal que la hace menos inhóspita.

Por hoy ya está bien. Ahora nos relajaremos viendo el hermoso atardecer desde el camping de Novalis (Novalja) para estar frescos mañana camino a Zadar.

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Atardecer en el camping de Novalja

Etapa 27: Rijeka – Senj (71 km)

Después de pasar un día de descanso en Rijeka hemos vuelto al camino. A pesar de que esta ciudad no es especialmente monumental nos ha dejado muy buen sabor de boca. Su principal atractivo, aparte de las espectaculares vistas al golfo de Kvarne desde la altura, es la gran vitalidad de sus calles. Se respira un marcado carácter mediterráneo que queda reflejado, aparte de en esta vocación de vida callejera, en la música popular que suelen escuchar. Tuvimos la oportunidad de ver, en una plazoleta, un festival de bandas de música de por aquí. Muchas de las canciones que cantaban, acompañados de contrabajo, acordeón, guitarra y unas pequeñas guitarras a modo de mandolinas, eran auténticas habaneras. Otras tenían ritmos más cercanos a la tradición balcánica pero en todas ellas se respiraba una fuerte esencia de música mediterránea.

Hoy Rijeka también nos lo ha puesto difícil para salir, se conoce que tampoco quería que nos fuéramos. Ya dijimos que nos íbamos a acordar de las aburridas llanuras. Desde luego en este país no las conocen. Hemos tenido que subir bastante por rampas de desnivel nada desdeñable para superar la abrupta orografía de la costa.

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Rijeka a lo lejos custodiada por moles calizas

Después de unos cuantos kilómetros de subidas y bajadas hemos enlazado con la carretera costera en la que, aun sin dejar de tener continuos cambios de nivel, las rampas son más suaves. El primer tramo tenía bastante tráfico pero según hemos ido avanzando lo ha ido perdiendo y a partir de Novi Vinodolski se ha quedado más tranquila. Suponemos que en verano será otra cosa.

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Vista de Novi Vinodolski

Las vistas desde la carretera han sido espectaculares, lo que nos ha hecho tener que parar repetidas veces para poder disfrutarlas tranquilamente.

Por un lado hemos ido viendo el perfil de la vecina isla de Krk en la otra parte del canal que la separa del continente. Actualmente esta isla está conectado a tierra firme por un puente doble en la parte más cercana a Rijeka.

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Puente que une Krk al continente

Por el otro lado escarpadas y frondosas laderas calizas que hoy aparecían coronadas por impresionantes cumulonimbos.

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De tanto en tanto hemos ido cruzando algún que otro pueblo con clara vocación turística y muy escasas calas, ya que por aquí la mayor parte de la costa es una abrupta caída al mar.

Al final hemos acabado la jornada casi donde termina el perfil de la isla de Krk, en un pueblo amurallado llamado Senj famoso por su fortaleza llamada Nehaj, una bella torre vigía de los tiempos de las luchas fronterizas con los otomanos que hemos fotografiado mientras disfrutábamos de una cerveza viendo el espectacular atardecer.

 

Etapa 26: Triestre – Rijeka (78 km)

Pocas veces hemos podido decir que atravesamos tres países en una sola etapa. Hemos dicho Ciao a la bella Italia y Dobro jutro a Eslovenia y Croacia.

Trieste tiene aires de enclave fronterizo, no hay duda. No es una ciudad italiana al uso. Su pasado de ciudad del imperio austro húngaro se deja notar en muchos de sus rincones. Pero no solo eso. Como hemos leído en algún lugar, Stendhal, en una visita a la ciudad en 1830, se sorprendió de los aires orientales que se respiraban en la zona del canal y es que en aquella época colindaba con el Imperio Otomano y recibía a inmigrantes de aquellas tierras. Para nosotros ésta es la verdadera puerta al Este que proponemos en el  planteamiento de nuestro viaje, «Rumbo Este».

Además de esto, Trieste tiene fama de ser una ciudad muy cafetera. La conocida marca Illy es originaria de aquí. Y por lo que dicen, los triestinos toman el doble de café al año que el italiano medio y eso ya es mucho decir. Nosotros no nos hemos querido despedir de la ciudad sin probar uno de sus cafés en un lugar emblemático que quedaba justo al lado de donde teníamos la pensión, el café Stella Polar, el preferido, por lo que dicen, de Joyce.

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Café Stella Polar

Con esta despedida, que será un hasta pronto, hemos empezado a salir hacia Eslovenia. Por lo visto a Trieste le hemos caído bien y no quería dejarnos marchar. Para ello nos ha intentado retener a base de más de dos kilómetros de rampas con desniveles de infarto. Con las bicis cargadas como las llevamos no nos ha quedado otra que poner pie en tierra y subir como hemos podido.

Como os comentábamos ayer, estamos entre el Adriático y la meseta del Carso (Karst) y estos muy próximos entre sí. Eso quiere decir que hay que pasar del nivel del mar a más de trescientos metros en cuestión de cuatro o cinco kilómetros. De ahí las rampas. Al final hemos superado el escollo como buenamente hemos podido y hemos reemprendido la marcha a través de la carretera que une Trieste con Rijeka, ya con desniveles más comedidos. No obstante, toda la etapa ha sido un auténtico rompepiernas de subidas y bajadas que no nos ha dejado ni un momento de respiro.

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Salida de Trieste

Menos mal que el paisaje es bellísimo en esta parte. Lo primero son las vistas de la ciudad nada más subir al Carso. Se ve todo el golfo y cómo Trieste se derrama valle abajo con voluntad marinera.

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Vista de Trieste saliendo de la ciudad
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El Golfo de Trieste en la distancia

Después, el resto del camino hemos venido disfrutado de un relieve kárstico de libro. No es de extrañar que la mayoría de los nombres usados para describir este tipo de fenómenos geográficos provengan de este lugar. Kárstico, dolina, poljé… son todas palabras derivadas del esloveno.

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Dolina, un pueblo del Carso (significa valle o depresión)

Lo que ocurre aquí es que toda la superficie de la caliza está exuberante de vegetación y a veces estas formaciones no son tan obvias como en los desnudos páramos castellanos, por ejemplo.

Así entretenidos, con un ojo puesto en el paisaje, el otro en los vehículos que nos adelantaban (más de los que nos hubiera gustado) y el alma empeñada en animar a las piernas para que subieran otra cuestecita más hemos llegado al otro lado de la Península de Istria. La primera visión de la bahía de Rijeka y el horizonte del golfo del Carnaro nos ha impresionado. Es lo que tiene subir, que con la altura ganas perspectiva. Una vez vista la costa, el final de la etapa ha sido un disfrute de bajada hasta Rijeka, embelesados con las vistas.

Este carácter tan abrupto de la costa hace que el puerto de Rijeka tenga mucha profundidad y permita que entren buques de gran calado. Es una ciudad de gran vocación marina. Y, al igual que Trieste, muestra en su esencia un pasado fraguado en un crisol de diversidad que le confiere un aire de ciudad abierta y acogedora aunque aquí se nota un mayor halo de decadencia, especialmente en muchos de sus edificios y  en sus construcciones portuarias.

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Calle Korzo, la principal arteria comercial de Rijeka

Nos quedaremos por aquí un par de días disfrutando de sus rincones, preparando el siguiente tramo de la ruta y, sobre todo, dejando descansar un poco a las piernas.

Etapa 25: Latisana – Triestre (92 km)

Hoy hemos hecho nuestra última etapa con inicio y final en Italia. También abandonamos las vastas llanuras del Po para sumergirnos en las entrañas del Karst.

Hemos salido de Latisana tras un buen desayuno. Teníamos dos opciones de ruta, una por la carretera provincial, que era la más corta, y otra dando un rodeo por pequeñas carreteras locales para evitarla. Hemos querido probar si había mucho tráfico por la principal y sí, enseguida nos hemos dado cuenta que valía la pena dar un rodeo y evitarla. Así, en un pueblo llamado Palazzolo nos hemos desviado para tomar la ruta alternativa. Y ha sido un acierto. De repente, en lugar de circular junto a coches y camiones estábamos pedaleando en soledad por caminos entre hayedos, junto a humedales con gran variedad de aves y  por carreteras sin nada de tráfico.

Más tarde, antes de llegar a una ciudad llamada Monfalcone, se nos ha vuelto a plantear la disyuntiva, pero en este caso hacer la ruta alternativa nos suponía dar un rodeo de más de cuarenta kilómetros y finalmente hemos optado por la carretera provincial. Además, en este tramo tiene menos tráfico y han sido sólo unos poco kilómetros de fastidio. Por el camino hemos cruzado numerosos pequeños cursos de aguas transparentes y otros más caudalosos de color azul turquesa, que bajan directamente de las cercanas montañas de los Alpes Cárnicos que hoy, a pesar la calima, se vislumbraban en el horizonte.

Hemos parado a comer en Monfalcone. La ciudad en sí no dice mucho. Hemos dado un par de vueltas por su centro pero, algo raro en Italia, no hemos visto nada que llamase nuestra atención. Por lo demás hay que decir que tiene un importante puerto (el más septentrional del Mediterráneo, por cierto). Es una ciudad claramente industrial en la que se fabrican desde grandes buques hasta aviones, pasando por productos textiles, químicos..

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Plaza en Monfalcone

Es curioso que vemos ya en muchos letreros los nombres escritos en dos lenguas, italiano y friulano, que es una lengua romance bastante extendida entre los habitantes de la región tradicional de Friuli. Como lengua fronteriza que es tiene influencias de otras idiomas vecinos, especialmente del alemán.

Desde Monfalcone hemos seguido en dirección a Trieste. Ya hemos dejado atrás definitivamente, las llanuras para entrar de lleno en el imperio del relieve Kárstico. Este paisaje, tan familiar a nosotros, recibe su nombre precisamente de la meseta caliza que queda al norte de esta carretera y que separa Eslovenia de Italia. Aquí lo llaman Carso, pero el nombre karst es una germanización. Todo esto quiere decir que se acabaron las carreteras sin desniveles y empiezan las cuestas. Lo bueno es que el paisaje empieza a animarse un poco más y nos deja estampas bellísimas, como las vistas al Golfo de Trieste desde la carretera.

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Hemos pasado junto al castillo de Miramar del que, con las prisas de la bajada, sólo hemos podido sacar una mala foto a pesar de que las vistas desde la carretera eran bellísimas. Esta choza la mandó construir Maximiliano de Habsburgo (Maximiliano de Mexico) que por lo visto se enamoró de la belleza del lugar. Al menos para esto mal gusto no tenía aunque, tras la suerte que corrió en México, no lo pudo disfrutar demasiado.

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Hemos llegado a Trieste pronto y con un día espléndido. La gente tomaba el sol en la playa, bueno es un decir ya que por aquí no abundan éstas. La gente toma el sol junto al mar tumbada en el cemento del malecón. Es lo que hay.

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Habíamos estado otras veces en Trieste pero nunca habíamos entrado por la carretera de la costa. Quizás haya sido por eso y por el día soleado que teníamos pero hemos encontrado a la ciudad radiante.

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De Trieste se ha escrito mucho. De hecho es una de las ciudades más literarias que existen. No siendo una gran ciudad como París o Roma, ha acogido en su seno a un importante número de escritores de talla. Algunos naturales de aquí, como Claudio Magris y otros foráneos como James Joyce.

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Estatua de Joyce

Trieste es una ciudad acogedora y tranquila. No es una ciudad monumental pero tiene algo que la hace muy interesante. Hay ciudades para visitar, como Venecia, y hay otras para vivir. En este último grupo Trieste ocuparía un lugar en la cabeza.

Etapa 24: Venecia – Latisana (88 km)

Esta mañana, la Serenissima nos ha despedido con un hermoso día soleado.

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Última vista de Venecia desde Lido

A las diez y media de la mañana hemos salido de Lido en uno de los barcos que unen la isla con la Península a través de un lugar llamado Punta Sabbioni. Pero mientras esperábamos la llegada del bajel nos ha quedado tiempo para un último paseo por la isla y visitar un lugar que nos apetecía conocer, el Grand Hotel Des Bains. Si habéis leído Muerte en Venecia, de T. Mann, recordaréis las «pajas mentales» (perdonad la expresión, pero es lo que mejor lo refleja) del protagonista pensando en el joven Tadzio en un hotelazo de la playa veneciana. Pues el hotel en el que se inspiró, y en el que estuvo alojado, fue éste. La película de L. Visconti basada en dicha novela se ambientó, al parecer, aquí también. Y por lo visto por aquí pasaron otros muchos de los referentes de la cultura de la primera mitad del S.XX, entre ellos Diaghilev, que murió en una de sus habitaciones. Hoy el hotel está cerrado y en estado de ruinas, supongo que como la sociedad que lo conoció en su momento dorado.

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Fachada del Grand Hotel Des Bains

Una vez en tierra firme hemos comenzado el pedaleo por una zona de marismas y canales naturales hasta un pueblo de turismo de playa al que hemos bautizado como Marina D´or II, para ahorrarnos la descripción. Suponemos que éste es el relevo generacional al Grand Hotel Des Bains. Algún día, quizás todo esto esté también cerrado y en ruinas.

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Zona de marismas y canales

Pasado Jesolo, que así se llama el lugar en cuestión, hemos llegado a un pequeño pueblo llamado Cortellazo, con bastantes restaurantes de pescado. A partir de ahí hemos cruzado un continuo de tierras de cultivo surcadas de canales y ríos y salpicadas, de tanto en tanto, de zonas residenciales, campos de golf, o pequeños pueblos turísticos (Eraclea, Duna Verde, Porto Santa Margherita, Caorle). Este último, aunque es un importante núcleo playero, conserva en su interior un centro histórico con algún regusto de lo que fue. Lo más interesantes es, sin duda, la estupenda y original torre del campanario con su forma cilíndrica.

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Torre del campanario de Caorle

 

Desde aquí, y tras haber comido, hemos continuado el pedaleo con un sol de justicia pero con el viento a favor. Hemos tenido que dar un rodeo a la costa ya que toda esta zona es un complejo humedal de canales, ríos, marismas… por el que no cruzan carreteras. El paisaje es interesante y por momentos nos ha recordado a algún lugar de Holanda, especialmente por los puentes levadizos construidos sobre los canales.

Hemos continuado el pedaleo por una carretera provincial del interior hasta un lugar llamado Latisana, junto al río Tagliamento.

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Torre en Latisana

Este curso de agua divide las regiones del Veneto y Friuli Venezia Giulia, de tal forma que el pueblo de su margen derecha (San Michele al Tagliamento) es de Veneto y el de su margen izquierda (Latisana) es de Friuli.

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El río Tagliamento a su paso por Latisana

Este es un río importante y sus aguas, como las de otros cauces de la zona, bajan de un color azul tirando a esmeralda, suponemos que por una composición seguramente muy caliza.

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El Tagliamento al atardecer

Esta será la última región de Italia que crucemos antes de adentrarnos en tierras balcánicas. A veces pedalear por la llanura se hace monótono y aburrido pero seguro que cuando estemos circulando por las sinuosas carreteras de la costa dálmata nos acordaremos algo de su comodidad.

 

Etapa 23: Chioggia – Venecia (30 km)

Como veis, hoy más que una etapa ha sido un paseo, y delicioso, por cierto.

Como os decíamos ayer, esta mañana hemos visitado Chioggia. Es verdad, como dicen, que es un lugar que se parece mucho a Venecia aunque, obviamente, es mucho más pequeño. Básicamente tiene tres canales, dos exteriores, que son los que usan los barcos más grandes, especialmente pesqueros, y uno central, que es el más pintoresco. Paralela a éste se extiende la calle principal del pueblo, el Corso del Poppolo, una ancha vía comercial en la que se concentran la mayor parte de los bares y restaurantes. Es un lugar que tiene vida de pueblo. Hay puestos de embutido en los soportales, un mercado de pescado al aire libre… pero todo enfocado a sus propios habitantes, algo que en Venecia cuesta más encontrar.

También alardean de tener el reloj de torre más antiguo del mundo, el reloj de la Torre di Sant’Andrea, aunque de lo que no sacan demasiado pecho es del símbolo de la ciudad, un león como el veneciano pero mucho más pequeño al que, con bastante sentido del humor, aquí llaman el gato, por su tamaño.

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Torre de Sant´Andrea

Para salir de Chioggia hacia el norte hay que tomar uno de los barcos de línea que unen esta ciudad con la isla de Pellestrina. El trayecto son apenas 15 minutos y resulta muy agradable.

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Llegando a Pellestrina

Pensábamos comer en Chioggia pero aún era pronto así que hemos decidido hacerlo en Pellestrina, en un pequeño restaurante junto al mar. Hemos dado buena cuenta de unos spaghetti alle vongole (espaguetis con almejas) deliciosos.

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spaghetti alle vongole

Tras recorrer toda la isla, para salir de Pellestrina hay que volver a coger otro pequeño ferry hasta Lido, la mítica isla veneciana. Una vez en ella la hemos atravesado de sur a norte pedaleando junto a la costa, disfrutando de las vistas de Venecia y su laguna. La temperatura era ideal y apenas había gente. Un placer, ¡desde luego!

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Panorámica en Lido

Disfrutando enormemente del paseo hemos llegado hasta el final del Lido buscando el único camping que hay en la isla. El lugar es precioso y muy tranquilo. Una vez instalados, hemos cogido un vaporetto hasta Tronchetto. Y en él, asomados en su proa, hemos ejercido de turistas, cámara en ristre y con cara de pasmados mirando a uno y otro lado deslumbrados, una vez más, por la belleza y la luz de esta ciudad.

Nos hemos dado un baño de multitudes por las calles y callejas de Venecia para acabar descansando en la Plaza San Marcos, contemplando embelesados su majestuosidad.

Etapa 22: Ferrara – Chioggia (98 km)

Hoy hemos acabado de atravesar la Península Itálica por su parte norte Han sido unos preciosos días desde que cruzamos por Ventimiglia, junto al mar de Liguria, hasta hoy, que vemos las aguas del Adriático.

Esta mañana, después de desayunar, hemos dado un último paseo por las hermosas calles de Ferrara. Como nos recordaba ayer Javier, es una ciudad amable con el ciclista. De hecho, defienden con orgullo ser la ciudad de la bicicleta.

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Carteles a la entrada de la ciudad

Ya con eso nos tiene ganados. Pero además es una ciudad bella y, quizás son las fechas, hay muy pocos turistas. Eso sí, aquí todo perteneció a la familia de los Este y hoy, para nuestra desgracia, parece que el viento también. No ha parado de soplarnos un levante, ligeramente norte, pero siempre de cara, lo que ha hecho que la etapa haya sido bastante dura. Y eso que hemos circulado por un magnífico carril bici sin apenas desnivel por la margen izquierda del Po (Sinistra Po).

El paisaje ha sido muy parecido al de estos días de atrás. La inmensa llanura del Po salpicada de fértiles tierras de cultivo y pequeños pueblecitos sin demasiado encanto. Y siempre acompañándonos la majestuosa línea de este imponente río.

Hemos parado a tomar un café y un tentempié en un pueblo llamado Polesella, no porque haya llamado especialmente nuestra atención, sino porque la lucha contra el viento nos estaba dejando exhaustos.

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Casa Palacio en Polesella

Tras recobrar fuerzas hemos vuelto a la lucha. Todas estas tierras de la izquierda del Po pertenecen ya al Veneto mientras que las de la derecha son aún de la Emilia Romagna. De hecho hay pueblos cuya toponimia hace alusión a dicha región, como Guarda Veneta. Hemos tenido que hacer un nuevo alto en el camino para descansar en Bottrighe, otro pueblo sin mucho encanto pero con un bar estupendo para refrescarnos mientras un grupo de abueletes jugaba una partida de naipes.

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Iglesia de Bottrighe

Hemos continuado el pedaleo y la riña con eolos hasta un punto llamado Conca di Volta Grimana, un lugar con varias esclusas que juegan con las aguas del Po para crear un conjunto de canales artificiales que unen sus aguas con las del Adige y el Benta, dos ríos que fluyen y desembocan unos kilómetros más al norte. Aquí nos hemos despedido de la compañía del inmenso Po que fluirá unos pocos kilómetros más antes de convertirse en mar. Más o menos en este punto es donde comienza el Delta del Po propiamente dicho.

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Nuestra última vista del Po

En este lugar hemos cambiado nuestro rumbo E-NE por otro NE-N, hacia la ciudad de Chioggia. Pasado un pueblo llamado Porto Viro, hemos parado a comer en un pinar llamado La Pineta, que se asienta sobre una antigua duna fósil que han protegido y convertido en un hermoso lugar de paseo y ocio. Allí, un hombre cogía manojos de espárragos silvestres para hacerse un risotto, según nos ha contado. Nosotros, por desgracia, hoy tampoco teníamos risotto pero si unos ricos guisantes que habíamos comprado en una trattoria d´asporto, en Polesella.

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De picnic en la Pineta

Hemos comido bien a gusto pero nuestra lucha contra el viento aún no había acabado y además por el norte el horizonte se oscurecía amenazando lluvia. Hemos pedaleado junto al canal que une el Po, el Adige y el Benta. Es en este último donde acaba este cauce artificial.

Allí hemos cruzado un puente por la transitada nacional 309 y hemos entrado ya a Chioggia.

Probablemente a muchos no os sonará este nombre. Lo confesamos, a nosotros tampoco nos sonaba, acaso de verlo en algún cartel en los vaporettos de Venecia. Lo cierto es que a esta ciudad se la conoce como la pequeña Venecia, por tener una hechura similar a aquella. Se asienta en la misma laguna y en su seno alberga una red de canales y un conjunto urbano similar al de la famosa ciudad. Como la etapa ha sido dura y como nos alojamos en un camping un poco alejado del centro, hemos pospuesto la visita a la ciudad a mañana,  pero prometemos contároslo.

Etapa 21: Mantova – Ferrara (103 km)

Así, como quien no quiere la cosa llevamos ya tres semanas de pedaleo y unos 1500 km recorridos. Desde luego estos días no nos podemos quejar de escenario: Cremona, Mantova, Ferrara… después vendrá Venecia. Teníamos que haber repasado los apuntes de Historia del Arte.

Después de un par de días disfrutando de Mantua y descansando las piernas, que ya lo pedían, hemos emprendido el camino hacia Ferrara. La mañana ha salido nubosa y hemos tenido lluvia en buena parte del camino, no demasiada pero suficiente para hacer el pedaleo más desapacible.

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Dejando atrás Mantova

La primera parte la hemos hecho por carreteras sin nada de tráfico entre campos sembrados. En toda esta zona se produce mucho arroz, prueba de ello es que hemos visto unas cuantas factorías de «Riso» por el camino.

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Una «risería»

En un pueblo llamado Ostiglia hemos parado a descansar y desde allí hemos cruzado al otro lado del Po hacia Revere, una pequeña villa que cuenta con un palacio ducal de los Gonzaga.

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Vista de Revere

El Po baja tremendo de agua por aquí e impresiona cruzarlo por el puente. No nos extraña que haya sido y sea una frontera.

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El inmenso Po desde el puente

Actualmente, esta parte del río delimita las regiones de Emilia Romagna y Lombardía, y un poco después del Veneto. Es lógico que en aquellos tiempos de disputas ducales interesara controlar estas fronteras. De ahí que se hayan construido diversos edificios defensivos a lo largo de su curso como la torre de Stellata, que ahora está en obras de rehabilitación y que, por lo visto, de tanto en tanto queda inundada.

Desde Revere hemos enganchado el carril bici del Po. Hay una ruta ciclista que recorre todo el río desde su nacimiento a su desembocadura pero su estado en los diferentes tramos es desigual.

Desde luego que en esta parte es inmejorable. Este sector de la ruta del Po se conoce como Destra Po y son más de 130 km de carril bici asfaltado y en muy buenas condiciones.

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Cartel informativo del carril Destra Po

De hecho, en algún lugar hemos leído que es el carril bici más largo de Italia. Está muy bien acondicionado con áreas de descanso y paneles informativos. Gracias a ellos hemos descubierto que toda esta zona es muy rica en la cotizadísima trufa blanca. Arrozales, trufa blanca… con el hambre que traíamos se nos estaban ocurriendo unas cuantas recetas deliciosas pero nos hemos tenido que conformar con lo que llevábamos en las alforjas.

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Pensando en un risotto de trufa blanca

Después de comer hemos continuado con el pedaleo. El día parece que mejoraba por momentos. Al menos la lluvia nos ha dado una tregua. Nos hemos desviado del Po, siguiendo el curso de uno de sus afluentes, hasta a un pueblo llamado Bondeno. Aquí la ruta se divide, un ramal vuelve a buscar el Po para seguirlo hasta su desembocadura y otro va hasta Ferrara siguiendo un canal. Hemos tomado esta opción y, entre bucólicas arboledas, hemos llegado a Ferrara tras más de 100 km de pedaleo.

Hemos dado un paseo por la ciudad para visitar sus lugares más emblemáticos como el Castillo de los Este, la Via delle Volte, el Duomo… Aparte de contar con estas joyas, Ferrara muestra en sus calles ser una ciudad bastante viva, especialmente a la hora del aperitivo. Nos ha gustado.