Etapa 14: Cannes – Ventimiglia (76 Km)

Hoy regresamos a tierras italianas. Si hace dos años os anunciábamos que era la primera vez que pedaleábamos por aquí, ahora no podemos decir lo mismo.

Hemos dejado Cannes con el bullicio matutino de comercios y restaurantes que tanto nos gusta. Uno de los grandes placeres de viajar, para nosotros al menos, es ser testigo de esa pequeña intimidad de las ciudades desperezándose y cobrando vitalidad un día cualquiera. Esta vez no hemos ido a hacernos la foto a la alfombra roja, que ya hicimos en nuestra anterior visita, sino que hemos emprendido la ruta en dirección a Niza. Hemos vuelto a pasar por el bello Antibes, pero no nos hemos detenido apenas. Recordamos nuestra visita en la entrada del blog del Periplo Mediterráneo.

Siguiendo la costa junto a un continuo de playas, la mayoría de ellas de canto grueso, hemos entrado en Niza. Primero pasando junto a su gran aeropuerto (se tarda un rato en cruzarlo) para después enfilar por el Paseo de los Ingleses, una larguísima avenida paralela a la playa que desemboca en el centro de la ciudad y que se hizo tristemente famosa hace dos años tras el terrible atentado terrorista ocurrido aquí.

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Entrando en Niza por el Paseo de los Ingleses

En Niza hemos dado un pequeño paseo por su centro y su puerto para volver a deleitarnos con su belleza. Es una ciudad muy atractiva, desde luego y siempre nos deja ganas de más. Pero queríamos avanzar camino y seguro que volvemos en otra ocasión por aquí.

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Circulando por el corazón de Niza

Hoy el día está un poco encapotado y la luz es un tanto grisácea. Revisando las fotos que hicimos hace dos años se nota que tuvimos más suerte con el día.

Si desde Cannes a Niza el camino es prácticamente llano, a partir de aquí comienzan otra vez las subidas y bajadas. Lo que perdemos en esfuerzo lo ganamos en deleite y belleza, pues cuando la costa se vuelve abrupta el paisaje suele salir ganando. Es curioso cómo muchos de los lugares que nos van llamando la atención ahora también lo hicieron en nuestra anterior visita. ¿Será que estamos programados en nuestra respuesta a los estímulos?.

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Foto en el camino a Mónaco

Queríamos llegar a comer a Mónaco. Veníamos pensando en el coqueto mercado en el que comimos la otra vez pero se nos estaba haciendo tarde (para los horarios de aquí) así que hemos parado un poco antes en un restaurante de carretera. Con el estómago lleno y con un poco de frío, como dice el dicho sobre el españolito fino, hemos llegado a Mónaco. Esta ciudad (y país) resulta un tanto estresante. Desde el tráfico que es muy intenso, ya que la geografía obliga a usar un número muy restringido de vías, hasta la arquitectura abigarrada y un tanto asfixiante y fea, la verdad.

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Mónaco desde la distancia

La parte antigua sí vale la pena. Se eleva sobre un promontorio y conserva el aire de las ciudades históricas de la zona con calles muy pintorescas y apenas tráfico. Pero la ciudad del día a día agobia. Al menos a nosotros. Ahora estaban desmontando las gradas del estadio de tenis en el que se celebra el torneo de Montecarlo pero estaban montando otras para el gran Rally de Mónaco. Por lo visto esto es un no parar de festejos a lo grande.

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Preparando el Grand Rallye Monte-Carlo

Desde aquí hemos vuelto a un sube y baja por la carretera que va a Menton, que es el último pueblo de Francia. Como ya os comentamos, el viejo Menton es un lugar muy bello. Su estampa, según nos alejamos de la ciudad hacia la frontera italiana, es de una singular y colorida armonía a pesar de que hoy la luz no nos ha acompañado tanto como la otra vez. Nos hemos despedido de Francia, una vez más, para entrar de nuevo en tierras la la Liguria italiana.

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Aparentemente el paisaje apenas cambia. Como comentábamos la otra vez, las ciudades de un lado y otro de la frontera siguen los mismos patrones arquitectónicos de construcción sobre una colina  (suponemos que por motivos defensivos). Pero también es cierto que, hoy que hemos podido ver más tranquilamente Ventimiglia, sí que hemos notado la diferencia. En lontananza ambas parecen similares, pero en su interior una, Menton, está muy cuidada, con casas rehabilitadas y comercios y servicios de cara al turismo, mientras que la otra, Ventimiglia, siendo muy bella igualmente, si no más, está completamente abandonada, es muy decadente. Puede ser simplemente que una ha gozado de más popularidad turística que la otra pero sospechamos que en esa diferencia se esconde también algo más profundo que tiene que ver con la economía, la gestión y la idiosincrasia de dos países con sensibles diferencias entre sí.

Bien es cierto que en Ventimiglia están construyendo un moderno puerto deportivo y muchas calles y plazas han sido rehabilitadas, pero se nota que aún queda mucho por hacer. Es probable que en un futuro esta ciudad se desarrolle turísticamente. Desde luego tiene encantos sobrados para ello. Pero así, como está ahora, con sus casas desvencijadas, sus callejones (Vicos) oscuros, su ropa colgada de las ventanas… guarda una esencia y una autenticidad que ya querrían sitios como Saint Tropez.

Etapa 13: Saint-Tropez – Cannes (79 km)

Si ayer acabamos la etapa en un lugar glamouroso el de hoy no lo es menos. En un par de semanas las calles de esta ciudad se llenarán de personajes famosos muy elegantemente vestidos. Nosotros preferimos la tranquilidad que se respira ahora, sin duda.

Nada más dejar el camping nos hemos dirigido hacia el centro de Saint-Tropez. Desde luego es un pueblo con cierto encanto pero, como ocurre con casi todos los lugares de renombre, la masiva afluencia de turistas hace que se pierda cualquier atisbo de autenticidad. No nos queremos imaginar lo que tiene que ser esto en agosto. Eso sí, en sus calles no falta boutique ninguna de las marcas más refinadas para los señoritingos/as que viven o se dejan caer por aquí.

Después de tener las retinas empapadas con rincones del pueblo y de haber probado uno de sus dulces emblemáticos, la tarta de Saint Tropez (una especie de bamba de crema deliciosa), hemos cogido un pequeño ferry de línea que cruza la bahía hasta St. Maxime.

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Saliendo de Saint-Tropez en el Ferry

Desde aquí hemos continuado la carretera costera hasta Fréjus, una ciudad de unos 50.000 habitantes con un importante puerto deportivo y un estupendo anfiteatro romano reconvertido en plaza de toros. Justo aquí enlazamos con la ruta que hicimos un par de años atrás. A partir de este momento repetiremos varias etapas de las ya realizadas así que no entraremos en demasiados detalles (sin pincháis aquí os remitimos a aquellas)

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Playa de St. Frejus con el pueblo al fondo

Según hemos avanzado nos hemos ido encontrando rincones, lugares, paisajes… que nos han evocado al anterior viaje. Hemos cruzado por el monumento construido para conmemorar el 70 aniversario del desembarco de Provenza, también conocido como operación Dragoon, una maniobra de los aliados menos conocida que el famoso desembarco en Normandía pero sin la cual este seguramente no hubiera logrado su éxito.

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Lugar del desembarco de Provenza donde se encuentra el monumento conmemorativo

Hemos pasado por el camping en el que nos alojamos aquella vez, en el Cabo Estérel. Hemos vuelto a pedalear por una zona de acantilados y calanques impresionantes en donde contrasta el rojizo intenso de las rocas con la rica variedad de azules del agua. Nos ha vuelto a embriagar el olor de los falsos azahares que suelen poner en las verjas de las casas.

Y así entretenidos entre el disfrute de los sentidos, el recuerdo y el sube y baja de la carretera hemos llegado de nuevo a Cannes, eso sí, esta vez para pasar aquí la noche.

 

Etapa 12: La Seyne-sur-Mer – Saint-Tropez (92 Km)

Hoy hemos hecho una etapa bien bonita. La mayor parte del trayecto ha sido por un carril bici que, más o menos pegado al mar, sigue la línea de la costa.

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Parte del carril bici

Tras dejar el camping nos hemos dirigido al centro de Toulon (o Tolón) para desayunar. Esta ciudad tiene unos 160.000 habitantes y es un importante centro del ejército francés con el mayor puerto militar del país. No hay más que mirar a cualquier lado para encontrarse edificios fortificados con el cartel de prohibido pasar, zona militar. La ciudad tiene una enorme ciudadela que también pertenece, según parece, al ejército. Además de su espíritu castrense, Tolón es el principal nudo de enlace naviero con la cercana isla de Córcega. Por lo demás, el centro de la ciudad conserva la gracia de otras que hemos visto por la zona. Acogedoras plazas, calles y callejuelas con interesantes rincones. Y además un teatro operístico de los más reputados de Francia.

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Frente a la Ópera de Toulon

Después de reponer fuerzas nos hemos dirigido hacia el este pasando por pueblos de ambiente vacacional como Pradet, Carqueiranne. Hemos pasado por la zona costera de Hyères donde se encuentran Le site archéologique d´Olbia, una antigua ciudad grecorromana fundada por gentes de la colonia griega de Marsella (los mismos que fundaron Ampurias).

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Ruinas del antiguo puerto de Olbia

Siguiendo el camino hemos pasado por un pequeño pueblo llamado Le Londe-les-Maures, en el que hemos parado para comer. Después de las subidas que tuvimos ayer hoy nos cuesta más mover las piernas y después de la pausa de la comida más todavía. Hemos continuado por un carril bici para acercarnos nuevamente a la costa hasta la localidad de Le Lavandou, por lo que se ve un importante centro turístico.

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Puerto de Le Lavandou

A partir de aquí hemos seguido todo el camino junto a la costa hasta pasado Cavalaire-sur-Mer. Esta zona tiene pequeñas calas de aguas paradisiacas. Hemos tenido que parar unas cuantas veces para disfrutar tranquilamente del espectacular horizonte con la Île du Levant como telón de fondo.

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En el pueblecito de Rayol-Canadel-sur-Mer hay un jardín botánico llamado Domaine du Rayol, Le Jardin des Méditerranées que si bien no hemos podido visitar no nos hubiera importado hacerlo vistas las imágenes del mismo que aparecían en las guías.

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Entrada al Domaine du Rayol, Le Jardin des Méditerranées

Pasado Cavalaire-sur-Mer, hemos cogido una pequeña carretera que nos ha subido al pueblo de La Croix-Valmer, para acabar de ablandarnos las piernas. Por suerte, desde allí hasta Saint-Tropez ha sido todo bajada por un carril bici estupendo.

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Bajando por el carril bici

La última odisea ha sido la de buscar camping. Haberlos “haylos” pero por lo visto aquí llaman camping a un lugar en el que no se puede acampar (sólo tienen bungalows para dos noches) así que hemos deambulado un poco hasta encontrar uno entre Saint-Tropez y Saint-Maxime a pie de playa, de hecho se llama así, Camping de la Plage.

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Vista de la bahía de St. Tropez desde la playa del camping

Un sitio bonito, si,  pero nada barato. Nos da la sensación de que por aquí nada lo es. Hay que ver lo que se cotiza esto del glamour. Para nosotros con un día ya está bien, el resto se lo dejamos a los de los yates que se ven frente a la costa.

Etapa 11: Marsella – La Seyne sur Mer (67 kms)

Después de dos días de disfrute que no de descanso, puesto que no hemos parado de recorrer Marsella a pié, hemos vuelto a nuestro estado natural: el pedaleo. Os dejamos una vista de Marsella, una ciudad que nos ha dejado mejor sabor aún que la primera vez que vinimos.

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Vista de Marsella desde el “Parc Emile Duclaux”

Hoy ha amanecido un domingo soleado y de temperatura casi veraniega. La salida de Marsella ha sido muy fácil y tranquila, desde luego mucho más que la entrada. Hemos seguido una avenida llamada de Roma, hasta la plaza Castellano que después de ésta se convierte en la Avenida Prado para convertirse, finalmente, en el Boulevard Michelet. Al pasar por esta parte nos hemos topado con una de las obras esenciales del arquitecto Le Corbusier y por ende, de toda la arquitectura contemporánea, la Unité d´Habitation de Marseille.

Unité d´Habitation de Marseille

Toda la avenida tiene carril bici pero además, hoy domingo, apenas había tráfico de coches por ella. Y ya sabemos donde estaban todos los marselleses que faltaban en la ciudad, en las playas de la zona de las Calancas, que es por donde hemos pedaleado hoy.

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Bajando hacia Cassis

Las calancas, “Les Calanques”, son unos estrechos entrantes del mar sobre las rocas de la costa, a modo de fiordos. Forman un conjunto espectacular de imponentes acantilados y paradisiacas calas que ha sido declarado Parque Nacional. La otra vez que estuvimos por aquí, nuestro amigo Charlèlie, que por entonces vivía en Aix en Provence, nos recomendó verlas pero no pudimos hacerlo (un saludo si lees esto amigo). Esta vez tampoco las hemos llegado a visitar. La mejor forma de hacerlo, por lo visto, es en barco. Hay bastante oferta para ello tanto en Marsella como en Cassis o La Ciotat (los pueblos más cercanos), pero nosotros hemos estado muy entretenidos conociendo más rincones de Marsella y no nos ha quedado tiempo para ello. De todas formas está bien dejar algo por hacer para tener una excusa y volver por aquí.

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Imagen de una Calanque (Wikipedia France)

Desde Marsella a Cassis se llega por una carretera departamental que cruza por un puerto de montaña de unos 330 m. Hoy domingo estaba lleno de ciclistas subiendo y bajando. Éramos los más lentos, desde luego, pero es que ningún otro llevaba la casa a cuestas como nosotros.

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Vista desde el puerto hacia Cassis

Al llegar a la zona donde se aparcan los coches para poder llegar a alguna de las calancas había un auténtico atasco. No nos daba ninguna envidia, ¡hemos adelantado a muchos de los coches que nos habían pasado antes, jaja!. Así, disfrutando de la bajada hemos llegado a Cassis y hemos parado a tomar un café en una boulangerie. Había que coger fuerzas porque nada más pasar el pueblo comienza otro pequeño puerto, este de unos 200 m de subida, que lleva a La Ciotat, un pueblo con un bello puerto cuyo nombre tiene todavía aromas de la antigua lengua provenzal y de la que Stendhal dijo “«S’il fallait absolument habiter une petite ville en France, je choisirais Grasse ou La Ciotat» (Mémoire d’un touriste)”. En una pequeña y acogedora placita, detrás del puerto, hemos comido un poco y hemos descansado las piernas. Ya habíamos superado la parte más dura de la etapa.

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Desde la terraza en donde hemos comido en “La Ciotat”

Desde aquí hemos seguido la línea de la costa pasando por múltiples playas abarrotadas de gente, parecía agosto. Desde luego las aguas de esta Costa Azul invitan venir.

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Una de las playas del camino

Hemos atravesado el puerto de Saint-Cyr-sur-mer donde hoy había un mercado muy animado con puestos de todo tipo. Nos ha costado pasar de la gente que había.

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Pasando por el mercado de Saint-Cyr

Disfrutando de las vistas al mar azul hemos llegado a un camping de La Seyne sur Mer y hemos decido acabar la etapa de hoy. Ya nos hemos ganado la cena.

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Etapa 10: Port-de-Bouc – Marseille (45 Kms)

Hoy llegamos a Marsella, ciudad en la que estaremos un par de días de descanso. El trayecto ha sido corto pero la entrada hasta el centro no ha sido especialmente fácil. Desde luego no es esta una ciudad pensada para la bicicleta.

Hemos salido de Port-le-Buc siguiendo el canal de Caronte que une la laguna de Berre con el mar. Había mucha gente pescando en el canal pero a nosotros no nos haría mucha gracia comer el pescado de estas aguas. Para poder atravesar hacia el otro lado se han construido varias estructuras: un puente para el ferrocarril, otro para la autopista… pero nosotros pasamos por uno más modesto en el pueblo de Martigues.

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Puente de la autovía sobre el canal de Caronte

Esta pequeña villa tiene un encanto especial. Conserva su esencia marinera con casas bajas y coloridas a ambos lados del canal. No nos hubiera importado quedarnos todo el día por aquí pero no queríamos llegar a Marsella demasiado tarde.

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Casas en Martigues

Desde Martigues hemos continuado por una carretera departamental situada de forma paralela a la autopista. No tiene tanto tráfico como esta pero tampoco es una carretera tranquila. Lo bueno es que aquí casi todas las vías tienen mucho arcén lo que hace más tranquilo el pedaleo. Para llegar a Marsella hemos tenido que superar un pequeño puerto de unos 200 mts en cuya cumbre está un pueblo llamado La Rove sin especial atractivo.

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Bajando el puerto de La Rove

Desde ahí hemos bajado el puerto por su cara sur y hemos entrado ya en el área urbana de Marsella con unas vistas espectaculares sobre su bahía.

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Vista de la bahía de Marsella junto al viaducto de La Corbiere

El primer pueblo o barrio de Marsella que nos ha recibido es L´Estaque, un lugar muy querido y frecuentado por pintores de varias épocas y estilos, especialmente Cezanne, Braque y Renoir.

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“El golfo de Marsella desde L´Estaque” de P.Cezanne

A partir de L´Estaque hemos seguido la línea de los muchos kilómetros de puerto con que cuenta la ciudad. De hecho es el principal nodo marítimo del Mediterráneo y el tercero más importante de Europa.

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Parte de las instalaciones del enorme puerto de Marsella

Finalmente hemos llegado al Puerto Viejo, centro neurálgico de la ciudad, a través del Fuerte de Sant Jean. Ahora nos toca disfrutar la ciudad a pata y dejar a nuestras bicis descansar un poco que se lo han ganado.

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Entrando por el fuerte Saint Jean

 

Etapa 9: Les Saintes Maries de la Mer – Port de Bouc (72 kms)

Hoy hemos hecho dos etapas en una. La primera, la bella y la segunda, la bestia. Ahora os contamos por qué.

Desde Saintes Maries de la Mer hemos cogido un camino de tierra que atraviesa todo el parque natural de la Camarga hasta Salin de Giraud. Son más de treinta kilómetros por una zona de naturaleza salvaje sin apenas visos de la mano del hombre. Un continuo de playas vírgenes, marismas y lagunas repletas de multitud de aves, especialmente inmensas bandadas de flamencos.

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Flamencos en el parque natural

El día ha salido muy soleado y de temperatura perfecta. Vamos, una gozada para el pedaleo. Ayer pensábamos alargar la etapa hasta Salin de Giraud, pero nos alegramos de haberlo dejado para hoy. Esta ha sido la parte bella del día.

La parte de la bestia ha venido después. En Salin de Giraud hay que coger otra barcaza para cruzar el Gran Ródano. Se puede decir que toda la Camarga es el enorme delta formado por los dos brazos del Ródano y sus desembocaduras (Las Bocas del Ródano). Ayer atravesamos el Pequeño Ródano y hoy hemos cruzado el Grande.

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A punto de cruzar el Gran Ródano

Pues bien, tras cruzar el Gran Ródano se acabaron los espacios idílicos de la Camarga. Sí que siguen habiendo lagunas y se ven aves dispersas pero poco a poco se va apoderando del paisaje un horizonte lleno de enormes moles industriales, chimeneas humeantes de refinerías, fundiciones, industrias químicas.

Cuesta acostumbrarse a pasar, en tan poco espacio y tiempo, de un lugar absolutamente idílico a un paisaje de distopía futurista. Para acompañar el escenario y hacerlo aún más monstruoso, se acabaron los carriles bici o cualquier tipo de vía que haga algo amable la circulación sin motor. Hay que arrimarse al arcén, que por suerte es generoso y convivir con un continuo de camiones y coches que van y vienen de las múltiples industrias de la zona. Es tal el caos que hemos tenido que preguntar a un trabajador de un almacén de la zona cómo continuar camino hacia Fos Sur Mer. Este nos ha dicho que no nos podemos imaginar la cantidad de ciclistas que pasan y le preguntan lo mismo. No alivia pensar que no somos los únicos ciclistas que, viniendo de pueblo, se pierden en cuanto aparecen cuatro encrucijadas. Lo cierto es que este tramo de camino no es fácil para la bicicleta. Es una zona de geografía limitada por los cuatro costados y los pasos que hay están pensados para el transporte a motor (autovías, autopistas, trenes…) en absoluto para las bicis, algo extraño en este país, la verdad. Pero esta zona no está pensada para ser amable con el ser humano. Aquí residen todas esas industrias que, aunque seguramente sean muy necesarias, nadie queremos tener al lado de casa. De hecho hay multitud de artículos por internet alertando de la cantidad de casos de cáncer y otras enfermedades que se dan en esta zona. Hablan incluso de una incidencia de tres veces por encima de la media francesa. Viendo el horizonte no es de extrañar. Y es curioso que cuando hemos llegado a Port de Buc nos ha llamado la atención la enorme cantidad de farmacias que se anuncian y se ven muchos gabinetes médicos… ¿Tendrá qué ver con ello? .

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La imagen no es nuestra pero refleja mejor que las nuestras lo que uno siente aquí (© AFP / ANNE-CHRISTINE POUJOULAT)

El mar está repleto de barcos que vienen y van de todas esos complejos industriales. Realmente el baño en estas aguas no proporciona un horizonte plácido.

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Multitud de barcos en el horizonte

Queríamos hacer noche en Port de Buc, ya que tiene un pequeño camping municipal pero nos hemos enterado que todavía está cerrado. Como el siguiente camping nos queda bastante lejos para la etapa de hoy hemos buscado un hostal junto al tranquilo puerto del pueblo.

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Port de Buc

ETAPA 8: Le Grau du roi – Les Saintes Maries de la Mer (45 Kms)

Hoy hemos hecho una etapa suave y placentera por la Pequeña Camarga.

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Paisaje característico de la zona

Hemos salido de Le Grau de Roi no sin antes darnos un paseo por su puerto pesquero que a esas horas de la mañana tenía un incesante bullicio de gente paseando entre pequeños puestos que los pescadores ponen con sus recientes capturas.

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Le Grau du Roi por la mañana

Desde Le Grau du Roi nos hemos dirigido a Aigues Mortes, un bellísimo pueblo que nos sorprendió enormemente en nuestro anterior viaje. Con ese nombre y en medio de una marisma no te esperas un lugar tan pintoresco. De hecho nos ocurrió al contrario que con La Grande Motte (que su nombre nos sedujo más que el lugar, podrían intercambiárselo).

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Vista de parte de las murallas de Aigues Mortes

Como ya os contamos en aquella entrada del blog, Aigues Mortes es un pueblo completamente amurallado. La ciudad fue construida por Luis IX de Francia (apodado San Luis), en un pantanal poco salubre y desde luego nada atractivo para la construcción. Pero por aquel entonces Francia apenas tenía lugares para acceder al Mediterráneo ya que al este estaba la Provenza, que pertenecía al Sacro Imperio Romano, y al oeste Montpellier, del Reino de Aragón y la Aquitania inglesa. Así que este puerto se convirtió en el principal acceso francés al Mediterráneo hasta la anexión de Marsella en 1481 y hasta dicha fecha todas las cruzadas francesas partieron de aquí. Jugamos a imaginarnos el clima que se respiraría por estas calles los días antes de zarpar aquellos barcos, todas llenas de mercenarios y algún que otro santurrón. Con el estupendo estado de conservación de la ciudad es fácil remontarse a aquella época con la imaginación.

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Una de las puertas de la ciudad

De Aigues Mortes partimos, la otra vez, hacia Arles. En esta ocasión nos dirigimos a Les Saintes Maries de la Mer, en pleno corazón de la Camarga y de alguna forma su capital. Este es un lugar especial por varios motivos. El primero de ellos es su luz y su color. Rodeado de agua por todas partes, tiene una atmósfera especial. No es de extrañar que Vincent Van Gogh estuviera una semana pintando en él durante su estancia en Arles. De aquí salieron algunos de los paisajes marinos más conocidos del pintor.

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Cuadro pintado en Saintes Maries por Van Gogh

En segundo lugar, es un centro de peregrinación muy importante, especialmente para la comunidad gitana de todo el mundo. Todo esto no lo sabíamos pero al pararnos a comer en un chiringuito, que estaba en el embarcadero donde se coge la barcaza para cruzar el Pequeño Ródano,  nos ha atendido un camarero gitano muy elegante y a mi me ha dado por mirar en google si había comunidades gitanas por aquí y mira por donde me han empezado a salir páginas sobre las peregrinaciones y las romerías. Es lo bonito de viajar con la ignorancia. Llegas a los lugares y casi siempre te sorprenden.

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En la barcaza que cruza el río, después de comer

La historia  es la siguiente. En la iglesia fortificada de Sainte Marie de la Mer se encuentran las reliquias de dos santas de la iglesia católica, Santa María Jacobe y Santa María Salomé. Pero a quien veneran los gitanos aquí no es a ninguna de ellas sino a “Sara la Negra”, su “Santa Sara Kalí” (no reconocida como santa oficialmente por los cánones católicos).

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Imagen de las dos santas en la barca

La leyenda cuenta que las dos santas (las oficiales) junto con otros acompañantes (que varían según las versiones: María Magdalena, Santa Marta, Lázaro (el ciego)…) llegaron a las playas de este lugar en el año 45 d.C en una pequeña embarcación a la deriva, huyendo de la persecución de los romanos en Palestina (parece que, por desgracia, los refugiados del próximo oriente ya existían por aquel entonces). No hay acuerdo sobre si Sara venía en la embarcación con ellas o no. Incluso hay corrientes esotéricas que creen que Sara era hija del propio Jesucristo. Lo relevante es que sus restos están, supuestamente, en el templo de este pueblo y cada 24 de mayo miles de gitanos de todo el mundo llegan aquí para celebrar una romería en la que sacan la figura de Santa Sara al mar. La iglesia está llena de exvotos, algunos muy suntuosos, que los creyentes van dejando aquí como ofrendas a las santas.

 

Por las calles no dejan de sonar canciones de los Gypsy Kings o de grupos similares. De hecho parece ser que la banda, o su germen, nació aquí o al menos eso dicen. Todo está impregnado de una mezcla de iconos de la Camarga, como su símbolo más emblemático, la cruz, el corazón y el ancla, con guiños a ciertos tópicos más o menos conseguidos de la cultura española. En algún restaurante ofertaban “paella sevillana”, que no sabemos muy bien en qué consistirá.

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El símbolo de la Camarga en la rotonda

También hay multitud de referencias a lo taurino ya que aquí hay mucha tradición de festejos con toros pero no propiamente corridas. Son “carreras”, una especie de espectáculo de recortadores en los que tienen que poner o quitar unos aros del cuerno del toro.

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Les Arenes (Plaza de toros)

El toro de la Camarga es una especie propia de estas tierras y junto con el caballo, son sus animales más emblemáticos.

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El toro de la Camarga

De todas formas para nosotros hay un tercer animal que deberían considerar como símbolo del lugar. Uno que puede llegar a ser bastante más peligroso que los toros y, desde luego, es más difícil de capear: los mosquitos. En el camping del pueblo hay una auténtica plaga y no exageramos cuando decimos que en la farmacia había cola para comprar repelente.

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Nuestra mejor compra

 

 

Etapa 7: Marseillan – Le Grau du Roi (78 kms)

Hoy hemos hecho un tramo de camino que ya habíamos recorrido dos años atrás. Sin embargo, apenas hemos vuelto por ninguno de los caminos que hicimos aquel año de tal forma que es como si el  recorrido por estas tierras fuera nuevo para nosotros, o casi.

Desde el camping de Marseillan hemos recorrido la enorme lengua de tierra que separa la laguna de Thau del mar. Son varios kilómetros de dunas y playas naturales. Nos parece que hay bastante gente en la playa y es normal, aquí son ahora las vacaciones que llaman de Pascua. El día ha salido precioso así que la gente que ha venido de vacaciones está aprovechando para disfrutar de la playa.

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Hay bastante gente en las playas

Hemos llegado a Sète a media mañana y hemos parado a tomar un café. Esta ciudad siempre que la hemos visitado (y ya va por la tercera vez) tiene mucho bullicio, especialmente en la zona de su puerto pesquero (que nos encanta). Séte es una ciudad puramente mediterránea y eso se nota en todos y cada uno de sus rincones.

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Vista de Sète

De Séte hemos pedaleado hasta Frontignan por un tramo de carretera con demasiado tráfico para nuestro gusto. Por suerte ha sido un trayecto corto. En el camping de Frontignan hicimos noche en nuestra anterior visita. Aquella vez seguimos el canal del “Ródano a Sète” prácticamente hasta Arles. Sin embargo ahora hemos pedaleado por un estupendo carril bici que bordea la costa y que nos ha traído casi hasta Le Grau de Roi, lugar que no habíamos visitado.

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Vista del camino del canal que anduvimos en el anterior viaje

Para llegar aquí hemos atravesado varios pueblos con mayor o menor encanto. El primero de ellos, Vic la Gardiole, nos ha gustado. Es un pueblo muy pequeño pero tiene una iglesia con aspecto de fortaleza bastante imponente.

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Iglesia fortificada en Vic la Gardiole

Desde aquí hemos llegado a Villeneuve-les-Maguelone. Es un pueblo este que, como su nombre indica, fue una villa nueva  que se hizo nueva después de abandonar otra, Maguelone, que estaba junto al mar. De aquella queda aún hoy su antigua catedral que recordamos haber visto en nuestro anterior viaje por aquí cuando pasamos por el canal. El obispado de Maguelone se trasladó, por lo visto, a Montepellier en el siglo XVI pero la antigua catedral aún sigue dando testimonio de aquellos años de esplendor de aquella pequeña villa costera.

En Villeneuve hemos parado a comer en un pequeño bar donde nos han servido unos platos de verdura con una especie de flan de pesto deliciosos.

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Pequeño restaurante en Villeneuve donde comimos

Desde aquí hemos continuado por un carril bici hacia la costa. Todo el siguiente tramo no nos hubiera importado saltarlo pues hemos recorrido un continuo de feos barrios de pisos de veraneo sin ningún atractivo. En cuanto sales de la costa y entras un par de kilómetros al interior cualquier pueblo tiene un enorme atractivo, pero toda la parte de la costa… El máximo exponente de esta horrible arquitectura es, sin lugar a dudas, un pueblo llamado La Grande Motte. Al principio su nombre nos parecía sugerente pero al descubrirlo se nos ha roto cualquier expectativa. Si hubiera que dar el premio “Benidorm” a algún lugar de Francia, La Grande Motte llevaría muchísimas papeletas.

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Típica construcción tradicional de La Grande Motte

No obstante, entre los diferentes pueblos y barrios que hemos ido atravesando se extiende una enorme superficie de lagunas marinas que en esta época cuentan con una enorme riqueza de fauna. Lo que más se observa por uno y otro lado son las enormes bandadas de flamencos, la mayoría de ellos con la cabeza hundida en el agua buscando su alimento. Que pájaro tan hermoso el flamenco, especialmente cuando levanta el vuelo.

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Flamencos

Finalmente hemos llegado a Le Grau du Roi, un pueblo de la Pequeña Camarga. Se nota que es también un importante centro turístico pero conserva en su corazón un puerto pesquero a lo largo de un canal que le da un toque de autenticidad, algo que ni por asomo hemos visto en La Grande Motte.

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Vista de Le Grau du Roi

Etapa 6: Narbona – Marseillan (70 Kms)

Hoy hemos llegado al punto de encuentro con nuestra anterior ruta del Periplo mediterráneo. En aquella ocasión salimos de Soria y pasamos a Francia por San Sebastian para, posteriormente, seguir el canal del Midi hasta Agde. Hoy hemos llegado aquí desde el sur, siguiendo la costa. A partir de aquí parte de nuestra ruta será muy parecida a la anterior hasta que lleguemos a la costa de Liguria pero intentaremos cambiar algunos tramos para descubrir nuevos lugares. Por ejemplo la otra vez no pasamos por Marsella (hicimos una pequeña excursión desde Aix en Provence) pero ahora queremos recorrer ese tramo de la costa en lugar de ir por la zona interior de la Provenza.

La jornada de hoy ha sido una pequeña gymkana ya que nos ha tocado atravesar zonas de bosque cerrado, zonas encharcadas, confundirnos y desandar camino varias veces… pero esto es así. En el fondo ha sido divertido (ahora que hemos llegado, jaja).

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La prueba del agua

Desde Narbona hemos pedaleado por carreteras secundarias hasta un pequeño pueblo llamado Fleury en el que hemos parado a tomar un café y unos deliciosos dulces de un panadero ambulante.

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El panadero ambulante en Fleury

Desde Fleury, confiados de que podríamos pasar por unos caminos rurales hasta otro pueblo llamado Vendres, hemos tomado un desvío para seguir por una pista paralela al río Aude. Después de llevar varios kilómetros de pedaleo nos hemos dado cuenta de que toda la zona es una especie de marisma inundada y todos los caminos que queríamos cruzar estaban embalsados. Las últimas lluvias han dejado la zona rebosante de agua. También el propio río Aude baja bien cargado. Al final hemos intentando buscar el camino de entrada da una casa rural de la zona para, desde allí, buscar una salida pero hemos ido a parar a un prado con unos hermosos toros de lidia y bastante agua. Total, que ha tocado volver por donde habíamos venido y eso siempre escuece un poco.

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La pradera de los toros de lidia

Finalmente hemos encontrado un atajo hasta un pueblo llamado Lespignan y de ahí una carretera hasta Vendres. Hemos aprendido la lección. Tal y como está todo de agua, los caminos no nos dan garantías de llegar a buen puerto así que hemos decidido avanzar por carreteras secundarias que, a pesar de tener un poco de tráfico (en realidad más bien poco) nos aseguran no tener que darnos la vuelta.

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Curioso grafitti en medio de un sembrado

De Vendres hemos ido a otro pueblecito llamado Serignan en el que hemos parado para comer. En estos pequeños pueblos uno nunca acaba de saber si va a encontrar algo abierto. Cuando hemos llegado parecía un lugar fantasma pero después de un paseo por su bonito centro hemos encontrado un mercado con un puesto de comida regentado por un italiano muy simpático. Rodolfo, así se llama, nos ha dado de comer un plato de pasta casera,  hecha por él mismo que nos ha sabido a gloria.

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Rodolfo preparándonos el postre

Tras despedirnos de Rodolfo y de Serignan hemos pretendido seguir un camino rural hasta otro pueblo llamado Portiragnes, pero una vez más era imposible avanzar por él debido al agua.

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En este si que nos hemos bañado

Así que hemos dado un poco de rodeo. Hemos cruzado el canal del Midi, un viejo conocido nuestro, y por una pequeña carretera hemos llegado a Vias, un pueblo con un centro histórico en forma circular y unos rincones bien agradables. Hemos tomado un café y hemos continuado rumbo a Agde, pueblo por el que ya es la tercera vez que pasamos (la primera cuando hicimos el canal del Midi, y la segunda durante el Periplo Mediterráneo).

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Plaza de Vias

Desde aquí hemos pedaleado hasta la costa para finalizar la etapa en una fea zona de veraneo, repleta de comercios para el turismo masivo. Por suerte, en esta época del año todavía está casi todo vacío.