Etapa 47: Kineta – Atenas (54 Km) Fin “Rumbo este”

Pues como veis, hemos acabado nuestro camino al este. Han sido tres mil doscientos cincuenta kilómetros de aventura que nos han dejado un maravilloso sabor de boca y la piel algo más morena. Siempre que acabamos un viaje nos quedan sentimientos encontrados. Por un lado, las ganas de seguir pedaleando, de seguir avanzando para conocer otras tierras y vivir nuevas experiencias. ¿Adonde llegaríamos en un mes más de pedaleo?, ¿y en dos? A partir de aquí se abriría el camino de verdad al este, cerca ya, como estamos, de las puertas del continente asiático. Pero por otro está el deseo de volver, de ver a la gente que queremos, de reencontrarnos con los lugares de nuestra vida habitual.

Hemos partido de Kineta con una preciosa mañana soleada y unas vistas espectaculares al bello golfo Sarónico, escenario de tanta historia.

La gente empezaba a acudir a las múltiples playas de la zona, pues es domingo y el día acompaña.

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La carretera tiene muy poco tráfico, así que hemos avanzado a ritmo de un tranquilo paseo. Conscientes como éramos de que dábamos las últimas pedaladas de este periplo, hemos intentando disfrutar intensamente de cada una de ellas.

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Hemos pasado junto a Megara, una histórica ciudad griega cuyo nuevo asentamiento se eleva sobre un montículo rodeado de vías de comunicación (tren, autovías, carreteras…). La zona tiene bastantes terrenos de cultivo y abundan las plantaciones de pistachos.

Hemos pasado a la isla de Salamina en un transbordador y la hemos cruzado de oeste a este. No podíamos dejar de imaginar en cómo hubo de ser la batalla contra los persas en los estrechos pasos de acceso a la isla. Seguramente algunos de los restos las naves abatidas en la contienda yacerán aún en el fondo de las aguas de la bahía.

Desde Salamina hemos vuelto a tierra firme atravesando el canal marino del este, justo en la dirección opuesta a la que llevaron los habitantes de Atenas cuando desalojaron la ciudad huyendo de las tropas de Jerjes en el 480 a.C.

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Hemos entrado por Perama, un suburbio de Atenas con un importante puerto y numerosos astilleros.

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Hemos visto una taberna, un restaurante popular, vaya, con mucha gente en sus mesas y hemos pensado que se tenía que comer bien allí. No nos hemos equivocado. Estupendo pescado, vino decente y fresco y buenos precios. Tenemos que admitir que nos vamos enamorados de la comida griega.

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Después del estupendo avituallamiento hemos seguido dirección Atenas, siempre al este. El sol apretaba con energía mientras cruzábamos por un continuo de feos barrios residenciales casi desérticos en el mediodía de domingo. Aún así hemos disfrutado mucho. Siempre nos atrae conocer los lugares populares de las ciudades, aquellos en los que la gente hace su vida cotidiana, más allá de las rutas turísticas y por más que no ofrezcan demasiado atractivo estético.

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Poco a poco, en lontananza, se empezaba a ver la excelsa silueta de la Acrópolis, dominando sobre el territorio de la ciudad, casi flotando sobre ella.

Hemos llegado a la ruta que une la ciudad con el Pireo y hemos entrado de lleno en la vieja Atenas por el barrio de Gali y junto al antiguo cementerio Kerámicos.

Hemos subido a las faldas de la Acrópolis por el bello barrio de Thissio con el dulce sabor de haber completado un proyecto largamente soñado.

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Tras las fotos de rigor para inmortalizar el momento, hemos descendido por el barrio de Plaka hasta Monastiraki y desde allí hemos pedaleado hasta la bulliciosa plaza de Omonia, junto a la que habíamos reservado una habitación. Cuando hemos llegado, las calles eran un hervidero de gente, vendedores ambulantes de frutas y verduras, puestos de venta de ropa, móviles… y todo un poco sucio. Desde luego que éste quizás sea el barrio de esencia más oriental de toda Atenas.

Una vez más queremos daros las gracias por habernos acompañado en esta aventura. Gracias a todos los que nos habéis mandado comentarios y ánimos a lo largo del viaje. Esperamos haberos transmitido la ilusión con la que hemos ido descubriendo cada uno de los recovecos del camino.

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¡Nos vemos en el próximo pedaleo!

Etapa 46: Xylokastro – Kineta (74 Km)

Hoy hemos acabado de recorrer la costa sur del golfo de Corinto para saltar a la costa norte del golfo Sarónico.

Después de desayunar los exquisitos albaricoques de Sotirios e intentar tomar, infructuosamente, un café que me habían preparado en un bar de Xylokastro, hemos empezado la jornada de pedaleo.

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Carretera hacia Corinto

Los primeros kilómetros hemos circulado junto a una larga franja de pinar relicto, una de las escasas masas que quedan de lo que debió ser todo un continuo a lo largo de la costa del golfo. Hoy es sábado y se notaba por la cantidad de ciclistas con los que nos hemos cruzado. Está claro que por estas tierras tienen verdadera afición a este deporte. Un poco después, en Corinto, hemos constatado que había multitud de tiendas y talleres de bici.

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Bici en el camino

Como ayer, hemos avanzado pegados a la línea costera junto a bellas playas de piedras. El agua tiene aquí un precioso color verdoso pero no estaba tan clara como ayer, seguramente revuelta por un bóreas que soplaba alegre y que nos ha ayudado durante buena parte del camino.

Poco a poco hemos ido acercándonos a la costa este del golfo, donde la tierra le cierra el paso al mar Jónico, salvo en el estrecho paso del canal de Corinto que une las aguas de aquel con las del Egeo.

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Costa este del Golfo

La ciudad antigua de Corinto ha quedado a nuestra derecha, a unos cinco kilómetros al interior. Nos hubiera gustado verla pero el viaje en bici de largo recorrido hace que tengas que escoger muy bien los destinos, de lo contrario estaríamos todo el día haciendo eses acercándonos a todo lo que reclama nuestra atención. El Peloponeso nos ronda por la cabeza desde hace tiempo y puede ser, en un futuro, un interesante proyecto de pedaleo.

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Desvío a la antigua Corinto

Hemos llegado a la ciudad nueva de Corinto, un entramado urbano trazado en una perfecta retícula fruto de varias reconstrucciones post-sísmicas. Es un lugar sin demasiado atractivo artístico pero sí con mucha vida en sus calles y terrazas. Es una de esas ciudades más para vivir que para ver. Sus cafés estaban llenos, a esas horas de la mañana, de griegos tomando enormes vasos de frappé y similares derivados fríos de la negra infusión.

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Calle del centro de Corinto

En muchas tiendas de alimentación tienen una máquina para tostar granos de café. Se nota que es  un producto esencial en la vida social griega.

Y no hemos visto ni rastro de las famosas pasas de Corinto. En realidad, se conoce que este producto no se cultivaba aquí, se traía de las islas del Jónico, especialmente de Zakynthos y aquí se enviaba por barco y por tren a los mercados de todo el mundo, de ahí que se las conozca por su lugar de procedencia, que no de origen.

Después de dar un pequeño paseo por las calles diseñadas con regla y cartabón de la nueva Corinto, hemos continuado nuestro camino en busca del famoso Canal. Para llegar a él hay que subir a unos setenta metros sobre el nivel del mar. En el punto más alto hemos visto los restos de una gran muralla que el emperador Justiniano mandó construir para proteger este estratégico paso y no fue el primero. Ya antes, los griegos habían intentado varias veces algo similar ante la constante amenaza persa.

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Restos del muro de Justiniano

Desde luego que este fue un lugar fundamental para los antiguos helenos en el que apenas seis kilómetros de tierra separan el continente europeo de su querido Peloponeso. No es de extrañar que a ambos lados surgieran dos importantísimos centros urbanos, Corinto, en el norte, e Istmia, en el sur.

Cuando estábamos en la cumbre de la subida se nos ha ocurrido que sería mejor pasar por el puente sur, situado junto a la playa de Istmia, así que hemos descendido hasta él. Pero, oh sorpresa, cuando hemos llegado resulta que lo han desmantelado. No nos ha quedado más remedio que volver a subir al anterior paso, resignadamente y bajo un sol de justicia.

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Paso sur del canal cortado

El canal de Corinto es una obra espectacular, máxime teniendo en cuenta los medios del siglo XIX, pero fue un fracaso comercial absoluto, ya que nunca fue interesante como vía alternativa a la circunvalación del Peloponeso.

El canal, desde un principio, se colmataba con facilidad para lo que hubieron de hacer constantes obras de refuerzo y,  debido a su estrechez, solo dejaba paso a pequeñas embarcaciones. Quizás su construcción responde más al empeño del hombre por demostrase a sí mismo que se podía hacer. Lo que no consiguió Nerón lo realizó István Türr.

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Placa de homenaje a los constructores

Hemos dejado atrás el canal y con él las aguas del golfo de Corinto y nos hemos sumergido, literalmente, en las del golfo Sarónico. No sabemos si será una apreciación objetiva pero estas nos han parecido un poco más frías.

Por esta parte se veían varios petroleros puesto que aquí está la enorme refinería de Corinto.

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Petroleros junto a la refinería de Corinto

Hemos pedaleado hasta un pueblo llamado Agio Theodoroi (San Teodoro) y hemos buscado un lugar para comer. Hemos encontrado un sencillo restaurante junto a la playa en el que hemos comido de maravilla; unas dolmades (hojas de parra rellenas), kefta (albóndigas con especias) y tzatziki (salsa de yougur con pepino y aceite). Nos encanta la comida helena.

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Restaurante en Agios Teodoroi

Nos ha costado un poco arrancar en plena digestión pero hemos conseguido continuar unos kilómetros hasta Kineta, una zona turística de playas estupendas con vistas a Salamina, Egina y el Peloponeso.

Mañana dejaremos el istmo de Corinto y cruzaremos por Salamina para entrar de lleno en el Atica y en el corazón de Atenas, donde esperamos acabar esta humilde odisea al este. Nos quedan apenas unos cuantos kilómetros de pedaleo por esta tierra maravillosa que nos tiene encandilados. Los degustaremos con fruición.

 

Etapa 45: Egialia – Xylokastro (76 Km)

Hoy acabamos nuestro segundo día de pedaleo por tierras helenas disfrutando muchísimo del trayecto.

Esta mañana hemos desayunado en el camping de Egialia. Ya no recordaba las especialidades de café de por aquí. Cuando he pedido uno en el bar del camping la camarera me ha preguntado si quería un frappé o un expresso. El primero es un café batido con hielo que los griegos toman a todas horas pero yo quería un café solo, normal, así que he dicho que expresso. Ella me ha preparado el café, lo ha metido en una cazuelita y lo ha batido con hielo. Ese es el expresso de aquí así que yo, con cara de lelo, le he dicho que lo quería caliente. Muy amablemente me lo ha preparado y me ha aclarado que aquí hay que especificar que se quiere un café caliente ya que el noventa por ciento de la gente lo toma frío. Por cortesía me he tomado los dos.

Con doble ración de cafeína hemos reemprendido la ruta por la antigua carretera nacional de Patras a Atenas. El tráfico, como decíamos ayer, es muy escaso y las vistas al golfo de Corinto maravillosas.

La nota discordante en toda la zona son las numerosas montañas de basura que se agolpan a los lados de la carretera. Habíamos visto esto en Albania pero no esperábamos encontrarlo por aquí.

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Basura amontonada junto a la carretera

No obstante, en uno y otro caso suponemos que responden a diferentes motivos. En Albania está claro que se debe a la ausencia de servicios de recogida y centros de tratamiento. Aquí, en Grecia, todo parece apuntar a una huelga de recogida de basuras que, a tenor del aspecto de los montones, ya debe durar varias semanas. Y es que, por lo poco que hemos leído, parece que últimamente en Grecia las huelgas se cuentan por decenas.

Tras unos cuantos kilómetros la carretera se aleja un poco de la costa hacia el interior. Por toda esta zona de Acaya (cuna de los antiguos aqueos de la Odisea), abunda el cultivo de cítricos, especialmente el limón, pero tampoco falta la vid, el olivo y el cereal. Es decir, puro paisaje mediterráneo.

Hemos pasado cerca de varios yacimientos arqueológicos de época micénica y clásica. Obviamente, todo esta parte del Peloponeso ha sido un lugar densamente poblado desde antiguo. Por ejemplo, en Egio están las ruinas de una casa del periodo clásico.

Tras unos treinta kilómetros de pedaleo hemos parado en Diakopto, un pueblecito con una curiosa estación de  ferrocarril. En la terraza de un bar situado frente a ella hemos tomado un café, esta vez sí, frappé. Qué le vamos a hacer, donde fueres haz lo que vieres. La camarera ha sido muy amable con nosotros y, en general, la mayoría de la gente también lo es. Notamos mucha calidez en el trato.

Después de Diakopto la carretera va totalmente pegada a la costa y es a partir de aquí donde hemos disfrutado de las vistas más espectaculares.

Ante semejante belleza y un nada desdeñable calor, no hemos podido evitar bañarnos en las aguas del golfo de Corinto. Y hemos reincidido varias veces a lo largo de la etapa.

Tras comer en una playa un par de bocadillos que llevábamos, hemos continuado camino. Y a los pocos kilómetros, en un lugar llamado Likoporia, hemos sentido unos gritos de “stop, stop“. Era un señor que comía en la terraza de su casa con unas hermosas vistas al mar.

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Casa de Sotirios

Cuando hemos parado, ha dejado de comer y ha entrado raudo y veloz a su casa. Al poco salía con una bolsa llena de albaricoques y limones para nosotros. Tras esto, ha ido a la tienda de al lado y ha vuelto con una botella de agua fría y dos refrescos de limón. Y hemos empezado a intentar entablar una conversación, o algo parecido, ya que Sotirios, como se llama el hombre, no hablaba apenas inglés. Pero una vez más, las ganas de comunicación llevan a comunicarse. Lo primero que nos ha preguntado es lo obvio, que de dónde venimos. Tras decirle que de España nos ha contestado con un: “president caput“. Parece que hoy ha sido una de las noticias del día en todo el mundo. Después, nos ha dicho que es topógrafo y nos ha enseñado su maletín de herramientas. Por lo que le hemos entendido, también nos ha explicado que antes de la crisis cobraba mucho más que ahora (algo así como 3000€ antes y 1000€ ahora). Pero todo esto entra dentro de la especulación interpretativa que hemos ido construyendo intuitivamente a partir de sus palabras en griego. También hemos aprovechado para preguntarle si el monte que se veía al otro lado del golfo es el Parnaso. Le hemos entendido que, efectivamente, está ahí pero detrás del monte que vemos. Y debajo está Delfos, el lugar del famoso oráculo. ¡Cuantos estímulos a los amantes de los mitos nos ofrece esta tierra!

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Detrás del monte que se ve están el Parnaso y Delfos

Qué gran tipo este hombre. Por lo visto Sotirios, en griego, significa salvación. Buen nombre para un rescatador de naúfragos como él.

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Con Sotirios

Nos hemos despedido intentando expresarle nuestro más sincero agradecimiento por tanta hospitalidad. Cuando estás fuera de casa, estos detalles son muy gratos y dicen mucho de las gentes de un lugar.

Después del encuentro con Sotirios nos hemos vuelto a dar un baño en una de las infinitas playas del camino.

Y ya frescos, hemos pedaleado los últimos kilómetros que nos quedaban hasta Xylokastro, un turístico pueblo cuyo nombre deriva de un castillo de madera que hubo aquí hacia el siglo XIII. En esta época no hay apenas turismo y lo poco que hay es en su mayoría local.

Tras un bellísimo atardecer, nos hemos acercado a cenar a una terraza del pequeño puerto.

Nos hemos sentado y el camarero se ha puesto a cantarnos la carta como si fuésemos unos griegos más y, por supuesto, no nos hemos enterado de nada. Al menos está claro que no tenemos pinta de alemanes.