Etapa 26: Triestre – Rijeka (78 km)

Pocas veces hemos podido decir que atravesamos tres países en una sola etapa. Hemos dicho Ciao a la bella Italia y Dobro jutro a Eslovenia y Croacia.

Trieste tiene aires de enclave fronterizo, no hay duda. No es una ciudad italiana al uso. Su pasado de ciudad del imperio austro húngaro se deja notar en muchos de sus rincones. Pero no solo eso. Como hemos leído en algún lugar, Stendhal, en una visita a la ciudad en 1830, se sorprendió de los aires orientales que se respiraban en la zona del canal y es que en aquella época colindaba con el Imperio Otomano y recibía a inmigrantes de aquellas tierras. Para nosotros ésta es la verdadera puerta al Este que proponemos en el  planteamiento de nuestro viaje, «Rumbo Este».

Además de esto, Trieste tiene fama de ser una ciudad muy cafetera. La conocida marca Illy es originaria de aquí. Y por lo que dicen, los triestinos toman el doble de café al año que el italiano medio y eso ya es mucho decir. Nosotros no nos hemos querido despedir de la ciudad sin probar uno de sus cafés en un lugar emblemático que quedaba justo al lado de donde teníamos la pensión, el café Stella Polar, el preferido, por lo que dicen, de Joyce.

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Café Stella Polar

Con esta despedida, que será un hasta pronto, hemos empezado a salir hacia Eslovenia. Por lo visto a Trieste le hemos caído bien y no quería dejarnos marchar. Para ello nos ha intentado retener a base de más de dos kilómetros de rampas con desniveles de infarto. Con las bicis cargadas como las llevamos no nos ha quedado otra que poner pie en tierra y subir como hemos podido.

Como os comentábamos ayer, estamos entre el Adriático y la meseta del Carso (Karst) y estos muy próximos entre sí. Eso quiere decir que hay que pasar del nivel del mar a más de trescientos metros en cuestión de cuatro o cinco kilómetros. De ahí las rampas. Al final hemos superado el escollo como buenamente hemos podido y hemos reemprendido la marcha a través de la carretera que une Trieste con Rijeka, ya con desniveles más comedidos. No obstante, toda la etapa ha sido un auténtico rompepiernas de subidas y bajadas que no nos ha dejado ni un momento de respiro.

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Salida de Trieste

Menos mal que el paisaje es bellísimo en esta parte. Lo primero son las vistas de la ciudad nada más subir al Carso. Se ve todo el golfo y cómo Trieste se derrama valle abajo con voluntad marinera.

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Vista de Trieste saliendo de la ciudad
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El Golfo de Trieste en la distancia

Después, el resto del camino hemos venido disfrutado de un relieve kárstico de libro. No es de extrañar que la mayoría de los nombres usados para describir este tipo de fenómenos geográficos provengan de este lugar. Kárstico, dolina, poljé… son todas palabras derivadas del esloveno.

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Dolina, un pueblo del Carso (significa valle o depresión)

Lo que ocurre aquí es que toda la superficie de la caliza está exuberante de vegetación y a veces estas formaciones no son tan obvias como en los desnudos páramos castellanos, por ejemplo.

Así entretenidos, con un ojo puesto en el paisaje, el otro en los vehículos que nos adelantaban (más de los que nos hubiera gustado) y el alma empeñada en animar a las piernas para que subieran otra cuestecita más hemos llegado al otro lado de la Península de Istria. La primera visión de la bahía de Rijeka y el horizonte del golfo del Carnaro nos ha impresionado. Es lo que tiene subir, que con la altura ganas perspectiva. Una vez vista la costa, el final de la etapa ha sido un disfrute de bajada hasta Rijeka, embelesados con las vistas.

Este carácter tan abrupto de la costa hace que el puerto de Rijeka tenga mucha profundidad y permita que entren buques de gran calado. Es una ciudad de gran vocación marina. Y, al igual que Trieste, muestra en su esencia un pasado fraguado en un crisol de diversidad que le confiere un aire de ciudad abierta y acogedora aunque aquí se nota un mayor halo de decadencia, especialmente en muchos de sus edificios y  en sus construcciones portuarias.

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Calle Korzo, la principal arteria comercial de Rijeka

Nos quedaremos por aquí un par de días disfrutando de sus rincones, preparando el siguiente tramo de la ruta y, sobre todo, dejando descansar un poco a las piernas.

Etapa 25: Latisana – Triestre (92 km)

Hoy hemos hecho nuestra última etapa con inicio y final en Italia. También abandonamos las vastas llanuras del Po para sumergirnos en las entrañas del Karst.

Hemos salido de Latisana tras un buen desayuno. Teníamos dos opciones de ruta, una por la carretera provincial, que era la más corta, y otra dando un rodeo por pequeñas carreteras locales para evitarla. Hemos querido probar si había mucho tráfico por la principal y sí, enseguida nos hemos dado cuenta que valía la pena dar un rodeo y evitarla. Así, en un pueblo llamado Palazzolo nos hemos desviado para tomar la ruta alternativa. Y ha sido un acierto. De repente, en lugar de circular junto a coches y camiones estábamos pedaleando en soledad por caminos entre hayedos, junto a humedales con gran variedad de aves y  por carreteras sin nada de tráfico.

Más tarde, antes de llegar a una ciudad llamada Monfalcone, se nos ha vuelto a plantear la disyuntiva, pero en este caso hacer la ruta alternativa nos suponía dar un rodeo de más de cuarenta kilómetros y finalmente hemos optado por la carretera provincial. Además, en este tramo tiene menos tráfico y han sido sólo unos poco kilómetros de fastidio. Por el camino hemos cruzado numerosos pequeños cursos de aguas transparentes y otros más caudalosos de color azul turquesa, que bajan directamente de las cercanas montañas de los Alpes Cárnicos que hoy, a pesar la calima, se vislumbraban en el horizonte.

Hemos parado a comer en Monfalcone. La ciudad en sí no dice mucho. Hemos dado un par de vueltas por su centro pero, algo raro en Italia, no hemos visto nada que llamase nuestra atención. Por lo demás hay que decir que tiene un importante puerto (el más septentrional del Mediterráneo, por cierto). Es una ciudad claramente industrial en la que se fabrican desde grandes buques hasta aviones, pasando por productos textiles, químicos..

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Plaza en Monfalcone

Es curioso que vemos ya en muchos letreros los nombres escritos en dos lenguas, italiano y friulano, que es una lengua romance bastante extendida entre los habitantes de la región tradicional de Friuli. Como lengua fronteriza que es tiene influencias de otras idiomas vecinos, especialmente del alemán.

Desde Monfalcone hemos seguido en dirección a Trieste. Ya hemos dejado atrás definitivamente, las llanuras para entrar de lleno en el imperio del relieve Kárstico. Este paisaje, tan familiar a nosotros, recibe su nombre precisamente de la meseta caliza que queda al norte de esta carretera y que separa Eslovenia de Italia. Aquí lo llaman Carso, pero el nombre karst es una germanización. Todo esto quiere decir que se acabaron las carreteras sin desniveles y empiezan las cuestas. Lo bueno es que el paisaje empieza a animarse un poco más y nos deja estampas bellísimas, como las vistas al Golfo de Trieste desde la carretera.

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Hemos pasado junto al castillo de Miramar del que, con las prisas de la bajada, sólo hemos podido sacar una mala foto a pesar de que las vistas desde la carretera eran bellísimas. Esta choza la mandó construir Maximiliano de Habsburgo (Maximiliano de Mexico) que por lo visto se enamoró de la belleza del lugar. Al menos para esto mal gusto no tenía aunque, tras la suerte que corrió en México, no lo pudo disfrutar demasiado.

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Hemos llegado a Trieste pronto y con un día espléndido. La gente tomaba el sol en la playa, bueno es un decir ya que por aquí no abundan éstas. La gente toma el sol junto al mar tumbada en el cemento del malecón. Es lo que hay.

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Habíamos estado otras veces en Trieste pero nunca habíamos entrado por la carretera de la costa. Quizás haya sido por eso y por el día soleado que teníamos pero hemos encontrado a la ciudad radiante.

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De Trieste se ha escrito mucho. De hecho es una de las ciudades más literarias que existen. No siendo una gran ciudad como París o Roma, ha acogido en su seno a un importante número de escritores de talla. Algunos naturales de aquí, como Claudio Magris y otros foráneos como James Joyce.

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Estatua de Joyce

Trieste es una ciudad acogedora y tranquila. No es una ciudad monumental pero tiene algo que la hace muy interesante. Hay ciudades para visitar, como Venecia, y hay otras para vivir. En este último grupo Trieste ocuparía un lugar en la cabeza.

Etapa 24: Venecia – Latisana (88 km)

Esta mañana, la Serenissima nos ha despedido con un hermoso día soleado.

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Última vista de Venecia desde Lido

A las diez y media de la mañana hemos salido de Lido en uno de los barcos que unen la isla con la Península a través de un lugar llamado Punta Sabbioni. Pero mientras esperábamos la llegada del bajel nos ha quedado tiempo para un último paseo por la isla y visitar un lugar que nos apetecía conocer, el Grand Hotel Des Bains. Si habéis leído Muerte en Venecia, de T. Mann, recordaréis las «pajas mentales» (perdonad la expresión, pero es lo que mejor lo refleja) del protagonista pensando en el joven Tadzio en un hotelazo de la playa veneciana. Pues el hotel en el que se inspiró, y en el que estuvo alojado, fue éste. La película de L. Visconti basada en dicha novela se ambientó, al parecer, aquí también. Y por lo visto por aquí pasaron otros muchos de los referentes de la cultura de la primera mitad del S.XX, entre ellos Diaghilev, que murió en una de sus habitaciones. Hoy el hotel está cerrado y en estado de ruinas, supongo que como la sociedad que lo conoció en su momento dorado.

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Fachada del Grand Hotel Des Bains

Una vez en tierra firme hemos comenzado el pedaleo por una zona de marismas y canales naturales hasta un pueblo de turismo de playa al que hemos bautizado como Marina D´or II, para ahorrarnos la descripción. Suponemos que éste es el relevo generacional al Grand Hotel Des Bains. Algún día, quizás todo esto esté también cerrado y en ruinas.

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Zona de marismas y canales

Pasado Jesolo, que así se llama el lugar en cuestión, hemos llegado a un pequeño pueblo llamado Cortellazo, con bastantes restaurantes de pescado. A partir de ahí hemos cruzado un continuo de tierras de cultivo surcadas de canales y ríos y salpicadas, de tanto en tanto, de zonas residenciales, campos de golf, o pequeños pueblos turísticos (Eraclea, Duna Verde, Porto Santa Margherita, Caorle). Este último, aunque es un importante núcleo playero, conserva en su interior un centro histórico con algún regusto de lo que fue. Lo más interesantes es, sin duda, la estupenda y original torre del campanario con su forma cilíndrica.

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Torre del campanario de Caorle

 

Desde aquí, y tras haber comido, hemos continuado el pedaleo con un sol de justicia pero con el viento a favor. Hemos tenido que dar un rodeo a la costa ya que toda esta zona es un complejo humedal de canales, ríos, marismas… por el que no cruzan carreteras. El paisaje es interesante y por momentos nos ha recordado a algún lugar de Holanda, especialmente por los puentes levadizos construidos sobre los canales.

Hemos continuado el pedaleo por una carretera provincial del interior hasta un lugar llamado Latisana, junto al río Tagliamento.

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Torre en Latisana

Este curso de agua divide las regiones del Veneto y Friuli Venezia Giulia, de tal forma que el pueblo de su margen derecha (San Michele al Tagliamento) es de Veneto y el de su margen izquierda (Latisana) es de Friuli.

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El río Tagliamento a su paso por Latisana

Este es un río importante y sus aguas, como las de otros cauces de la zona, bajan de un color azul tirando a esmeralda, suponemos que por una composición seguramente muy caliza.

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El Tagliamento al atardecer

Esta será la última región de Italia que crucemos antes de adentrarnos en tierras balcánicas. A veces pedalear por la llanura se hace monótono y aburrido pero seguro que cuando estemos circulando por las sinuosas carreteras de la costa dálmata nos acordaremos algo de su comodidad.

 

Etapa 23: Chioggia – Venecia (30 km)

Como veis, hoy más que una etapa ha sido un paseo, y delicioso, por cierto.

Como os decíamos ayer, esta mañana hemos visitado Chioggia. Es verdad, como dicen, que es un lugar que se parece mucho a Venecia aunque, obviamente, es mucho más pequeño. Básicamente tiene tres canales, dos exteriores, que son los que usan los barcos más grandes, especialmente pesqueros, y uno central, que es el más pintoresco. Paralela a éste se extiende la calle principal del pueblo, el Corso del Poppolo, una ancha vía comercial en la que se concentran la mayor parte de los bares y restaurantes. Es un lugar que tiene vida de pueblo. Hay puestos de embutido en los soportales, un mercado de pescado al aire libre… pero todo enfocado a sus propios habitantes, algo que en Venecia cuesta más encontrar.

También alardean de tener el reloj de torre más antiguo del mundo, el reloj de la Torre di Sant’Andrea, aunque de lo que no sacan demasiado pecho es del símbolo de la ciudad, un león como el veneciano pero mucho más pequeño al que, con bastante sentido del humor, aquí llaman el gato, por su tamaño.

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Torre de Sant´Andrea

Para salir de Chioggia hacia el norte hay que tomar uno de los barcos de línea que unen esta ciudad con la isla de Pellestrina. El trayecto son apenas 15 minutos y resulta muy agradable.

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Llegando a Pellestrina

Pensábamos comer en Chioggia pero aún era pronto así que hemos decidido hacerlo en Pellestrina, en un pequeño restaurante junto al mar. Hemos dado buena cuenta de unos spaghetti alle vongole (espaguetis con almejas) deliciosos.

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spaghetti alle vongole

Tras recorrer toda la isla, para salir de Pellestrina hay que volver a coger otro pequeño ferry hasta Lido, la mítica isla veneciana. Una vez en ella la hemos atravesado de sur a norte pedaleando junto a la costa, disfrutando de las vistas de Venecia y su laguna. La temperatura era ideal y apenas había gente. Un placer, ¡desde luego!

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Panorámica en Lido

Disfrutando enormemente del paseo hemos llegado hasta el final del Lido buscando el único camping que hay en la isla. El lugar es precioso y muy tranquilo. Una vez instalados, hemos cogido un vaporetto hasta Tronchetto. Y en él, asomados en su proa, hemos ejercido de turistas, cámara en ristre y con cara de pasmados mirando a uno y otro lado deslumbrados, una vez más, por la belleza y la luz de esta ciudad.

Nos hemos dado un baño de multitudes por las calles y callejas de Venecia para acabar descansando en la Plaza San Marcos, contemplando embelesados su majestuosidad.

Etapa 22: Ferrara – Chioggia (98 km)

Hoy hemos acabado de atravesar la Península Itálica por su parte norte Han sido unos preciosos días desde que cruzamos por Ventimiglia, junto al mar de Liguria, hasta hoy, que vemos las aguas del Adriático.

Esta mañana, después de desayunar, hemos dado un último paseo por las hermosas calles de Ferrara. Como nos recordaba ayer Javier, es una ciudad amable con el ciclista. De hecho, defienden con orgullo ser la ciudad de la bicicleta.

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Carteles a la entrada de la ciudad

Ya con eso nos tiene ganados. Pero además es una ciudad bella y, quizás son las fechas, hay muy pocos turistas. Eso sí, aquí todo perteneció a la familia de los Este y hoy, para nuestra desgracia, parece que el viento también. No ha parado de soplarnos un levante, ligeramente norte, pero siempre de cara, lo que ha hecho que la etapa haya sido bastante dura. Y eso que hemos circulado por un magnífico carril bici sin apenas desnivel por la margen izquierda del Po (Sinistra Po).

El paisaje ha sido muy parecido al de estos días de atrás. La inmensa llanura del Po salpicada de fértiles tierras de cultivo y pequeños pueblecitos sin demasiado encanto. Y siempre acompañándonos la majestuosa línea de este imponente río.

Hemos parado a tomar un café y un tentempié en un pueblo llamado Polesella, no porque haya llamado especialmente nuestra atención, sino porque la lucha contra el viento nos estaba dejando exhaustos.

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Casa Palacio en Polesella

Tras recobrar fuerzas hemos vuelto a la lucha. Todas estas tierras de la izquierda del Po pertenecen ya al Veneto mientras que las de la derecha son aún de la Emilia Romagna. De hecho hay pueblos cuya toponimia hace alusión a dicha región, como Guarda Veneta. Hemos tenido que hacer un nuevo alto en el camino para descansar en Bottrighe, otro pueblo sin mucho encanto pero con un bar estupendo para refrescarnos mientras un grupo de abueletes jugaba una partida de naipes.

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Iglesia de Bottrighe

Hemos continuado el pedaleo y la riña con eolos hasta un punto llamado Conca di Volta Grimana, un lugar con varias esclusas que juegan con las aguas del Po para crear un conjunto de canales artificiales que unen sus aguas con las del Adige y el Benta, dos ríos que fluyen y desembocan unos kilómetros más al norte. Aquí nos hemos despedido de la compañía del inmenso Po que fluirá unos pocos kilómetros más antes de convertirse en mar. Más o menos en este punto es donde comienza el Delta del Po propiamente dicho.

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Nuestra última vista del Po

En este lugar hemos cambiado nuestro rumbo E-NE por otro NE-N, hacia la ciudad de Chioggia. Pasado un pueblo llamado Porto Viro, hemos parado a comer en un pinar llamado La Pineta, que se asienta sobre una antigua duna fósil que han protegido y convertido en un hermoso lugar de paseo y ocio. Allí, un hombre cogía manojos de espárragos silvestres para hacerse un risotto, según nos ha contado. Nosotros, por desgracia, hoy tampoco teníamos risotto pero si unos ricos guisantes que habíamos comprado en una trattoria d´asporto, en Polesella.

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De picnic en la Pineta

Hemos comido bien a gusto pero nuestra lucha contra el viento aún no había acabado y además por el norte el horizonte se oscurecía amenazando lluvia. Hemos pedaleado junto al canal que une el Po, el Adige y el Benta. Es en este último donde acaba este cauce artificial.

Allí hemos cruzado un puente por la transitada nacional 309 y hemos entrado ya a Chioggia.

Probablemente a muchos no os sonará este nombre. Lo confesamos, a nosotros tampoco nos sonaba, acaso de verlo en algún cartel en los vaporettos de Venecia. Lo cierto es que a esta ciudad se la conoce como la pequeña Venecia, por tener una hechura similar a aquella. Se asienta en la misma laguna y en su seno alberga una red de canales y un conjunto urbano similar al de la famosa ciudad. Como la etapa ha sido dura y como nos alojamos en un camping un poco alejado del centro, hemos pospuesto la visita a la ciudad a mañana,  pero prometemos contároslo.

Etapa 21: Mantova – Ferrara (103 km)

Así, como quien no quiere la cosa llevamos ya tres semanas de pedaleo y unos 1500 km recorridos. Desde luego estos días no nos podemos quejar de escenario: Cremona, Mantova, Ferrara… después vendrá Venecia. Teníamos que haber repasado los apuntes de Historia del Arte.

Después de un par de días disfrutando de Mantua y descansando las piernas, que ya lo pedían, hemos emprendido el camino hacia Ferrara. La mañana ha salido nubosa y hemos tenido lluvia en buena parte del camino, no demasiada pero suficiente para hacer el pedaleo más desapacible.

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Dejando atrás Mantova

La primera parte la hemos hecho por carreteras sin nada de tráfico entre campos sembrados. En toda esta zona se produce mucho arroz, prueba de ello es que hemos visto unas cuantas factorías de «Riso» por el camino.

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Una «risería»

En un pueblo llamado Ostiglia hemos parado a descansar y desde allí hemos cruzado al otro lado del Po hacia Revere, una pequeña villa que cuenta con un palacio ducal de los Gonzaga.

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Vista de Revere

El Po baja tremendo de agua por aquí e impresiona cruzarlo por el puente. No nos extraña que haya sido y sea una frontera.

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El inmenso Po desde el puente

Actualmente, esta parte del río delimita las regiones de Emilia Romagna y Lombardía, y un poco después del Veneto. Es lógico que en aquellos tiempos de disputas ducales interesara controlar estas fronteras. De ahí que se hayan construido diversos edificios defensivos a lo largo de su curso como la torre de Stellata, que ahora está en obras de rehabilitación y que, por lo visto, de tanto en tanto queda inundada.

Desde Revere hemos enganchado el carril bici del Po. Hay una ruta ciclista que recorre todo el río desde su nacimiento a su desembocadura pero su estado en los diferentes tramos es desigual.

Desde luego que en esta parte es inmejorable. Este sector de la ruta del Po se conoce como Destra Po y son más de 130 km de carril bici asfaltado y en muy buenas condiciones.

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Cartel informativo del carril Destra Po

De hecho, en algún lugar hemos leído que es el carril bici más largo de Italia. Está muy bien acondicionado con áreas de descanso y paneles informativos. Gracias a ellos hemos descubierto que toda esta zona es muy rica en la cotizadísima trufa blanca. Arrozales, trufa blanca… con el hambre que traíamos se nos estaban ocurriendo unas cuantas recetas deliciosas pero nos hemos tenido que conformar con lo que llevábamos en las alforjas.

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Pensando en un risotto de trufa blanca

Después de comer hemos continuado con el pedaleo. El día parece que mejoraba por momentos. Al menos la lluvia nos ha dado una tregua. Nos hemos desviado del Po, siguiendo el curso de uno de sus afluentes, hasta a un pueblo llamado Bondeno. Aquí la ruta se divide, un ramal vuelve a buscar el Po para seguirlo hasta su desembocadura y otro va hasta Ferrara siguiendo un canal. Hemos tomado esta opción y, entre bucólicas arboledas, hemos llegado a Ferrara tras más de 100 km de pedaleo.

Hemos dado un paseo por la ciudad para visitar sus lugares más emblemáticos como el Castillo de los Este, la Via delle Volte, el Duomo… Aparte de contar con estas joyas, Ferrara muestra en sus calles ser una ciudad bastante viva, especialmente a la hora del aperitivo. Nos ha gustado.

 

Etapa 20: Cremona – Mantova (83 km)

Hoy enlazamos dos bellísimas ciudades que acogen en su interior algunas de las joyas del renacimiento italiano. Hemos salido de Cremona con un día bastante grisáceo. Finalmente no hemos esperado a la apertura del museo del violín, no queríamos demorarnos pues el día amenazaba lluvia.

El paisaje ha sido muy similar al de estos días, la vasta y fértil llanura padana. La gran mayoría de los campos se dedican al cultivo de cereal,  en otros se ven parcelas de forraje para el ganado (especialmente vacas lecheras para elaborar el Grana Padano), y en menor medida viñedo.

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Cultivos en los campos de la llanura

Tras un par de horas de pedaleo hemos parado en un pequeño bar regentado por una simpática y vital anciana. Hemos tomado un café pero unos parroquianos que andaban bebiendo chatos de vino de una frasca de cristal nos han invitado a probarlo. Era un vino blanco espumoso (frizzante que dicen por aquí), muy parecido al cava. Y estaba muy bueno, la verdad, aunque después de esta cata nos ha costado enderezar la bici. Suerte que por estas carreteras apenas pasan coches. Tampoco se ven muchos pueblos. Lo que más abundan son explotaciones agrícolas que conforman conjuntos de caseríos con iglesia al modo de las masías catalanas.

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Viñedo con una iglesia perteneciente a una de las granjas

La verdad es que es un paisaje que resulta bastante monótono. Cuando llegas a ciudades como Cremona o Mantua, después de muchos kilómetros por las llanuras agrícolas, resultan aun más sorprendentes. Es de admirar que de estos paisajes tan monótonos surgieran estas ciudades tan excepcionales.

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Circulando por una pequeña carretera

Hemos llegado a un pueblo llamado Piadena, que hace las funciones de cabeza de comarca, con la intención de comer. Pero nos ha costado encontrar un restaurante o algo similar en el pueblo y cuando al final hemos encontrado uno resulta que estaba lleno. No nos ha resultado simpático este lugar. Hemos continuado pedaleando con menos fuerzas y más hambre cada vez. Al final hemos llegado a otro pueblo llamado Bozzolo y aquí si que hemos conseguido comer pero por los pelos, ya que habían cerrado la cocina (eran las 2 del mediodía). Este pueblo tampoco nos ha llamado especialmente la atención. Como curiosidad, en una de sus casas hemos visto una placa conmemorando que Mozart anduvo por allí de paso.

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Casa en la que se hospedó Mozart

La verdad es que todos los pueblos que hemos pasado nos han dado la sensación de tener muy poca vida en sus calles. Quizás haya influido que hoy era fiesta, pero aún así sospechamos que mucha vida no tienen.

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Plaza en Bozzolo

Hemos atravesado un parque natural llamado Oglio Sur, que recorre parte del tramo de este río y un poco antes de llegar a Mantua, hemos pasado por un pueblo llamado Grazie, que alberga en su interior un santuario enclavado junto al parque del Valle del Mincio, una enorme zona verde preciosa junto al río del mismo nombre. Hoy, festivo, estaba lleno de gente disfrutando de los encantos de este agradable enclave. Desde aquí a Mantua hemos venido por un tranquilo carril bici junto al lago.

El centro de Mantua alberga joyas como la Plaza Sordello, en la que se concentran algunos de los edificios renacentistas más emblemáticos de la ciudad. Como mañana dan lluvias y como nos apetece degustar esta ciudad quizás le dediquemos dos días.

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Plaza Sordello

A los aficionados a la música, Mantua nos resulta muy evocadora. Aquí, la corte de los Gonzaga, con el impulso esencial de Isabel de Este, ejerció un importantísimo mecenazgo que favoreció el nacimiento de algunas de las obras esenciales de la historia de la música como muchas de las frottolas que fueron el antecedente directo del madrigal. Pero la gran obra de aquel tiempo en estas tierras fue, sin duda, el Orfeo de Monteverdi, obra que muchos consideran la primera ópera de la Historia. Ahora, estando a apenas unos metros del lugar en el que se estrenó, nos resulta emocionante pensar en ello.

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Plaza Sordello de noche

Hemos dado un paseo por sus calles aunque la tarde está lluviosa y desapacible. Finalmente nos hemos metido en un bar para hacer un aperitivo. Otro día os contamos en qué consiste este interesante modo de alternar que tienen los italianos al que nos hemos aficionado. Lo que no nos ha entusiasmado tanto es la bebida que suelen tomar para ello, el Spritz, una mezcla de sifón y un licor que sabe a aquellos sobres para las anginas.