Etapa 43: San Ferdinando – Messina (69 kms)

Después de una merecida jornada de descanso, hoy hemos continuado el pedaleo. ¡Ya hemos alcanzado tierras sicilianas!
El día ha salido con un sol convincente pero un aire ligeramente fresco, deliciosa combinación para el pedaleo.
Hemos dejado San Fernandino a eso de las diez, siguiendo la ya familiar SS18 o Tirrena Inferior. Para llegar a Gioia Tauro, hemos tenido que rodear su enorme puerto de mercancías que, como ya dijimos, es el más grande de Italia.

Desde allí hemos empezado un ascenso progresivo que nos ha llevado a cerca de los seiscientos metros sobre de altitud. La tierra cae abruptamente hacia el mar y no hay otro paso posible. Y hacia el interior se extiende la masa montañosa del Aspromonte, que conforma un enorme Parque Nacional con cumbres cercanas a los dos mil metros. En el camino de subida nos hemos encontrado con varios grupos de ciclistas aficionados. Uno de ellos nos ha recomendado acercarnos a un mirador que hay en la cumbre desde el que se ve el Estrecho de Messina, las Islas Eolias, el Cabo Vaticano… ¡Cómo le agradecemos la sugerencia!.

La vista que hay hipnotiza. Podrías estar horas y horas mirando. Además, en el mirador nos hemos encontrado con un simpático y amable chico llamado Salvatore. Hemos estado un buen rato charlando con él y ha resultado ser un gran conocedor de la zona. Dice que, cuando el trabajo le hace pasar cerca, siempre intenta venir a relajarse aquí. ¡Menudo sitio más apropiado para ello!

Nos ha contado muchas cosas del lugar ya que suele venir a menudo. Nos ha hablado del mágico efecto de fata morgana que se crea en algunos días de claridad. Es una ilusión óptica producida por diferencias térmicas en el aire. De hecho, el Estrecho de Messina es uno de los lugares más famosos en los que observar este fenómeno.

También hemos hablado del origen mitológico del paso de Escila y Caribdis, los dos escollos que custodian el paso del Estrecho. En la Odisea, Circe recomendó a Ulises acercarse a Escila porque, a pesar de perder algún hombre de la tripulación, salvaría al resto y a la nave, mientras que en el lado de Caribdis ninguno podría contarlo. Quien sabe si fue éste el lugar al que Homero aludió en el episodio, lo cierto es que la tradición lo ha situado aquí desde antiguo y a nosotros siempre nos gusta jugar a creernos en los escenarios del mito.

El pueblo ubicado junto a la roca de Escila se llama, como no, Scilla, y es un bello cojunto de casas derramadas en una ladera. Antes de llegar a él está el pequeño y bello puerto pesquero de Chianalea, donde Salvatore nos recomendó comer, pero llegamos tarde para ello.

Uno de los pescados que más se consumen por toda la costa calabresa es el Pez Espada y en estos restaurantes tenía pinta de que lo hacen muy bien. En fin, otra vez será. Al final hemos comido en el único sitio que hemos podido, un chiringuito de la playa de Scilla. La verdad es que las vistas eran inmejorables.

Por el camino hemos visto algún que otro barco pesquero con una persona en lo alto del mástil. No sabemos si será una técnica de pesca, ya que somos muy ignorantes al respecto, pero tiene que marear lo suyo ir allí subido.

Desde Scilla hemos pedaleado hacia Villa San Giovanni, el puerto desde el que se embarca a Sicilia. Hace tiempo que hay un proyecto para construir un puente entre la Península y la Isla, puesto que distan apenas tres kilómetros, pero hay mucha polémica sobre ello. El principal argumento en contra es la alta sismicidad de la zona, pero pensando en el Golden Gate de San Francisco no debe de ser imposible llevarlo a cabo. Lo cierto es que si yo tuviera el negocio de los barcos con los que tienen que atravesar cada día miles de personas y de camiones y coches no se si estaría muy por la labor de que hicieran un puente…

A nosotros, que venimos una vez, lo de cruzar en barco hasta nos resulta pintoresco, pero para la gente del lugar debe de resultar un incordio. Aunque si pensamos en el peaje del 25 de abril de Lisboa, casi es más rápido cruzar en barco que por un puente como ese.
En apenas veinte minutos estábamos en Sicilia.

Messina es una ciudad bastante nueva ya que, como su vecina Reggio Calabria, fueron violentamente azotadas por un terremoto en 1908. Esta arquitectura le confiere un aire que recuerda a algunas ciudades francesas.
Llevamos pocas horas aquí pero no hemos perdido el tiempo. Ya hemos probado dos de los productos emblemáticos de la isla, ambos por sugerencia de Salvatore: los arancini y los cannoli. Los primeros son unas bolas de arroz rebozadas y rellenas de carne, verduras y queso. Los segundos unos canutillos de masa quebrada rellenos de ricota. También hemos hecho un aperitivo vespertino, como suelen estilar los italianos.

Ya hemos hecho algunos de los deberes culinarios pero mañana empezará realmente la aventura siciliana de nuestro periplo.

Etapa 42: Vibo Marina – San Ferdinando (59 kms)

Hoy hemos completado una etapa corta pero intensa.
Esta mañana soplaba un fuerte mistral, poniente o céfiro, viento predominante en la zona, justo en contra de nuestra dirección. El aire provenía del interior del mar, seguramente de la cercana Isla de Lípari (Isla Eolia en la Odisea), morada del dios homónimo. Fue allí donde éste recriminó a Ulises su imprudencia por haber dejado que sus compañeros abriesen el pellejo de buey con los vientos que le había regalado en su anterior visita. Por culpa de este desmán, tuvieron que remar durante siete días. Así nos sentíamos esta mañana, remando contra la ira de Eolos.
Toda esta parte de la costa del Tirreno es conocida como la Costa de los dioses. Aparte del citado Eolos, con morada en Lípari, también el dios del fuego, Hefesto, tiene su fragua en las Eolias. Normalmente el perfil de estas islas se divisa desde la costa, especialmente el volcán Estrómboli, pero hoy había mucha nubosidad y una gran capa de bruma sobre el horizonte que nos lo ha impedido.

Antes de llegar a la bella Tropea, famosa además por su cebolla roja, como decíamos ayer, hemos tenido un par de pinchazos, lo que ha hecho que llegáramos un poco más tarde de lo pensado, justo a la hora de comer. Nos hemos sentado en la terraza de un pequeño restaurante y hemos pedido unos spaguetti y una ensalada, ambos condimentados con las famosas cebollas, que estaban riquísimos. Después hemos aprovechado para pasear un poco.

Tropea está ubicada en un promontorio rocoso frente al mar y tiene un peñasco frente a ella en el que se encuentra el símbolo más reconocible de la ciudad, el islote de Santa María de la Isla. Es un pueblo agradable de callejuelas estrechas y palacios decadentes, cuando no en ruinas. Desde aquí salen barcos para visitar las islas Eolias y hemos estado tentados de hacerlo, pero el próximo partía dentro de dos días y era mucho esperar.

Así que hemos continuado el camino, aunque nos ha costado arrancar. Los kilómetros van haciendo mella en nuestras piernas y la expectativa de las cuestas que nos esperaban no nos animaba demasiado. Al final hemos tenido una etapa bien completa, con viento de cara, frecuentes y generosas cuestas y pinchazos. Eso sí, el paisaje nos ha regalado bellas estampas, como el perfil de Cabo Vaticano o las aguas azul turquesa de los alrededores de Tropea.

Hemos acabado la etapa en uno de los muchos resorts de playa de la zona, que en esta época están prácticamente deshabitados y tienen precios bajísimos. Está ubicado entre el bello pueblo de Nicotera y el mastodóntico puerto de Gioia Tauro, el más grande de Italia.

Todo esta zona es terreno fértil para otro de los no tan idílicos fenómenos de la cultura calabresa, la ´ndrangheta. Esta palabra tan extraña, proveniente del griego, hace alusión a la organización mafiosa de Calabria, menos conocida que la Cosa Nostra siciliana o la Camorra napolitana, pero, según dicen, mucho más activa y poderosa en los tiempos que corren.

Mañana, antes de llegar a Villa San Giovanni, desde donde cruzaremos el Estrecho de Messina, tendremos que superar otro escollo montañoso de más de quinientos metros. Y es que en Calabria no hay término medio, o mar o montaña.

Etapa 41: Fiumefreddo – Vibo Marina (91 kms)

Al igual que ayer, hoy las previsiones han errado, lo que hemos agradecido enormemente. A pesar de que esta noche ha llovido bastante y el cielo se ha levantado encapotado, no nos ha caído ni una gota.
La etapa ha sido del estilo de la de ayer. Hemos pedaleado todo el rato junto al mar, por la Tirrénica Inferior, pero los lugares que hemos ido atravesando no han excitado excesivamente nuestra sensibilidad. Será que estamos mal acostumbrados de las etapas anteriores. Toda esta parte tiene bastantes zonas agrícolas.

Hemos visto muchos puestos de fruta y verdura en la carretera. Naranjas, fresas, berenjenas, pero la reina de todas ellas es, la aquí famosísima, cebolla roja de Tropea. Mañana pasaremos por el pueblo que da nombre a la famosa hortaliza, pero las hemos venido viendo por todo el camino.

La gastronomía de Calabria es célebre, aparte de por la humilde cebolla, por otros manjares. Aquí se producen varios embutidos conocidos en el resto de Italia, pero destacan especialmente la n´duya y la soppressata. Esta última no es nuestra sobrasada mallorquina sino una especie de chorizo cular. La n´duya, sin embargo, sí que es muy parecida al famoso embutido balear. Al igual que éste, también se unta en pan y su elaboración debe de ser similar.

La presencia española (de la Corona de Aragón en aquellos tiempos) en Calabria (al igual que en Sicilia y Nápoles), ha dejado ciertas similitudes culturales en ambos lugares. Hoy, por ejemplo, en el turístico pueblo de Pizzo, hemos visto un comercio con dos gigantes en la puerta. Nos referimos a aquellas figuras de los gigantes y cabezudos de nuestras fiestas. El amable dependiente nos ha dicho que, seguramente, aparecen en todo el sur de Italia por influencia de los tiempos de la Corona de Aragón. También nos ha dicho que los españoles dejaron otras herencias. Aquí, por lo visto, cuando se refieren al miedo, en lugar de decir paura, como en el resto de Italia, dicen españarse, es decir, que vienen los españoles, más o menos. ¿Será esto nuestra famosa marca España?

Este pueblo, Pizzo, es famoso por sus helados. Más en concreto por el tartufo, ese postre recubierto de chocolate. No podíamos pasar de largo sin probarlo. También hemos aprovechado para tomarnos una leche de almendras, algo así como una horchata valenciana pero de este fruto seco. ¡Deliciosa!

Bueno, después de tanta cita gastronómica os dejamos que aún no hemos cenado y toda esta retahíla nos está abriendo el apetito.

Etapa 40: Praia a Mare – Fiumefreddo (88 kms)

Como podéis ver, al final las nubes nos han dejado avanzar. Apenas han llovido unas gotas esta mañana pero el resto del día hemos tenido un cielo con bastantes claros, perfecto para pedalear.

La etapa de hoy ha sido menos sorprendente que la de ayer. No podemos decir que los paisajes no hayan sido bellos, pero los de los días pasados habían puesto el listón muy alto. Además, la carretera que seguimos, la SS 18 o Tirrena Inferior, tiene bastante tráfico por esta zona puesto que no tiene vías alternativas y los pueblos que atraviesa son centros turísticos sin demasiado atractivo.

A pesar de todo ello ha sido una etapa agradable y el pedaleo nos ha cundido bastante. Además estamos de celebración. ¡Hemos cumplido ya los tres mil kilómetros de nuestro periplo!.

Cuando miramos el mapa de Italia nos damos cuenta de lo que hemos descendido ya. Apenas estamos a unos doscientos kilómetros de Sicilia.

Ahora nos encontramos en plena región de Calabria, justo la punta de la bota. Aquí el mar sigue teniendo una gama de azules impresionante y hacia el interior, la tierra se eleva bruscamente en imponentes picos y montes.

La mayoría de los pueblos se yerguen en lugares elevados e inaccesibles y la costa está sembrada de torreones de vigilancia. Todo ello delata las frecuentes incursiones de los piratas que asolaron la zona desde tiempos medievales y también, quizás, la presencia del temido paludismo junto al mar.

Mañana dan lluvias. Esperamos que la previsión sea igual de fiable que la de hoy.

Etapa 39: Palinuro – Praia a Mare (84 kms)

Hemos llegado a un pueblo llamado Praia a Mare. Si venimos dos días antes nos hubiéramos encontrado con la cuarta etapa del Giro de Italia (Praia a Mare – Benevento).

Hoy hemos atravesado tres de las regiones del sur Italia, algo un tanto insólito en una etapa de 84 kms. Hemos salido de Campania, en la que llevábamos unos cuantos días, hemos llegado a Calabria, por la que andaremos las próximas etapas, y hemos cruzado la pequeñísima fracción costera de Basilicata.
En los primeros treinta kilómetros de la etapa nos hemos tenido que separar de la costa, puesto que la escarpada orografía ha obligado a los ingenieros a buscar pasos alejados del mar. En principio íbamos a intentar la ruta más corta, pero dos colegas de bici italianos que nos encontramos ayer en el camping nos lo desaconsejaron y nos sugirieron una variante con algún kilómetro más pero con menos pendiente. Hemos salvado el mismo desnivel que por la ruta que pensábamos hacer, cerca de 450 mts, pero subiendo por rampas menos agresivas. El camino ha sido todo un acierto, no sólo por habernos evitado algunos tramos de los que rompen las piernas, sino por la belleza del paisaje. Hemos salido de un camping junto a la playa y en unos pocos kilómetros estábamos pedaleando en plena montaña. Este es uno de los atractivos del Parque Nacional del Cilento y Valle de Diano, que contiene paisajes de mar, montaña y llanura, y todo ello trufado de historia y mitología.

Hemos rodeado el monte Bulgheria, nombre derivado de los búlgaros que repoblaron esta zona siglos atrás. La mayoría de los pueblos se ubican encaramados en escarpados promontorios, seguramente como método de defensa ante los ataques provenientes del mar. Un bello ejemplo es Roccagloriosa, uno de los más grandes de la zona.

Tras rodear el Bulgueria hemos vuelto al mar, como transportados de repente a otro mundo. Hemos tenido que rodear el golfo de Policastro, que realmente se extiende entre las tres regiones de las que hablábamos. En Sapri, un turístico enclave situado en una pequeña bahía, hemos parado a comer. Justo allí se pasa de Campania a Basilicata y se encuentra la frontera del Cilento y su parque Nacional.

La costa de Basilicata es igualmente bellísima, o más si cabe. A pesar de que ha sido un contínuo subir y bajar, hemos disfrutado de lo lindo. De repente, tras una curva de la solitaria carretera, nos encontrábamos con una pequeña ensenada de color turquesa, o con impresionantes escarpes cayendo verticalmente al mar.

Suponemos que en verano la zona estará masificada por el turismo pero nos cuesta entender que ahora no haya prácticamente nadie más que nosotros admirando tanta belleza, lo cual hace que nos sintamos aún más afortunados.

Ahora estamos en un camping frente a una pequeña isla, Dino, cuyo nombre parece ser que deriva de un antiguo templo dedicado a Venus. No sabemos si mañana nos tocará quedarnos aquí en parada forzosa ya que las predicciones meteorológicas anuncian lluvias durante todo el día.

Etapa 38: Santa María de Castellabate – Palinuro (67 kms)

Como decíamos ayer, hemos aprovechado esta mañana para visitar el hermoso pueblo de Santa María. Es un pequeño puerto de pesca en el que, en esta época del año, se respira un ambiente tranquilo sin apenas turistas.

La mañana se ha levantado nublada y con algo de lluvia. El pueblo vecino, Castellabate, está unos doscientos metros más arriba, en la ladera de la montaña, pero hoy había algo de niebla y apenas se veía.
Hemos pedaleado por el corazón del Cilento, una zona mucho menos conocida que la cercana costa Amalfitana. Esta última exhibe más glamour y puede que sea más pintoresca, pero el Cilento es más agreste, más salvaje y seguramente más auténtico. Desde luego está mucho menos frecuentada por el turismo. Y guarda en su seno rincones realmente bellos y lugares cargados de historia y mitología.

Nada más salir de Santa María de Castellabate está Punta Licosia, nombre que se asocia a una de las sirenas de la mitología y, según algunos autores, zona en la que está basado el pasaje de la Odisea. Quién sabe pero, como siempre, nosotros preferimos dejarnos llevar por la imaginación y pensar que por aquí anduvo el asendereado héroe homérico.
Un poco más adelante, hemos parado en Acciarioli, otro pequeño pueblo marinero que, desde hace años, está ligado a la figura de Ernest Hemingway. Por lo visto, el escritor pasó alguna temporada por aquí y se dice que trabó amistad con un pescador que le sirvió de inspiración para su novela “El viejo y el mar”. No sabemos si será cierto pero, con Hemingway, uno tiene la sensación de que vayas donde vayas él ya anduvo allí. Y como si de una franquicia se tratara, siempre encuentras un bar o restaurante con su nombre.

Pedalear por aquí es una gozada, ya que apenas pasan coches y el paisaje es hermoso. El precio a pagar es el de tener que subir y bajar cuestas constantemente. Mientras nuestras piernas aguanten, bien lo vale.
Hemos parado en Pioppi, pueblo que alardea de ser la capital mundial de la dieta mediterránea. No debe ser, por tanto, un mal lugar para comer. Nosotros lo hemos hecho en un bonito restaurante junto al mar, el Pioppi Café. Allí Gianni, que regenta el restaurante, nos ha tratado de maravilla y Marco, el majísimo cocinero, nos ha preparado unas riquísimas viandas. Gianni nos ha contado que hizo el Camino de Santiago el año pasado con una amiga suya. De hecho ella, inspirada por la experiencia compostelana, ha creado algo similar en el Cilento, la Vía Silente. Es una ruta de unos 600 kms por la región , dividida en 15 etapas y preparada para poder pernoctar en albergues o casas rurales. Por supuesto, también cuenta con las credenciales que hay que ir rellenando en cada una de las etapas. Es una excelente idea y una buena manera de conocer esta maravillosa zona que, por lo demás, es Parque Nacional y Patrimonio mundial de la Unesco. El próximo día 15 de mayo celebran el inicio de la ruta. Eso si, hay que venir algo preparado porque la zona, llana, no es. Os dejamos un enlace con información: http://www.laviasilente.it

Nos hemos despedido de la gente del Pioppi Café y hemos partido, aunque no nos hubiera importado quedarnos al concierto que tenían preparado para esta noche.
Unos kilómetros más adelante hemos pasado por las ruinas de Velia, ciudad que quizás os suene más por su nombre griego, Elea, de donde eran Zenón y Parménides, y que dío nombre a la famosa escuela filosófica. Y es que estamos en el corazón de la antigua Magna Grecia. En un principio, nuestro viaje iba a terminar en Atenas aunque finalmente nos hemos decantado Sicilia. Aunque no estemos en Grecia, su pasado clásico ha dejado una fuerte impronta en estos lugares y, de alguna forma, completa nuestro periplo mediterráneo.
Desde Elea, la carretera trepa por una colina hasta un pequeño pueblo llamado Ascea. Como venía sin afeitarme desde que salí de España y las barbas estaban empezando a ser algo molestas, he pensado en cortar por lo sano. En Ascea, junto a la carretera, hemos visto la barbería de Peppino y nos ha parecido el lugar ideal para ello. Al dueño se le ve un barbero de raza y lo es después de cincuenta años de oficio. Es la primera vez que me afeitan a cuchilla y la situación impone un poco, pero el maestro ha hecho un buen trabajo.

Peppino nos ha avisado de que, tras Ascea, hay un par de kilómetros en los que la carretera está en mal estado y tiene una buena pendiente. No le faltaba razón al barbero, ¡menudo tramo!, aunque las vistas eran espectaculares.

Superado este escollo, el camino llanea hacia Pisciotta, un bellísimo pueblo encaramado en lo alto de un promontorio. La primera visión del lugar en lo alto, con el mar al fondo, es imborrable.

Desde Pisciotta, la carretera desciende suavemente, entre olivos y limoneros, hacia al cabo de Palinuro. Hemos acabado aquí nuestra etapa, en un camping situado junto al mar desde el que se ve el saliente de tierra que lleva por nombre el del timonel de la nave de Eneas en su salida de Troya, lo que un mito explica bellamente (podéis leerlo aquí). Y es que, como véis, la geografía y la mitología están indisolublemente unidas en esta bella región del sur de Italia.

Etapa 37: Salerno – Santa María de Castellabate (65 kms)

Hoy hemos salido más tarde de lo habitual. Como decíamos ayer, en una de las subidas hacia la costa Amalfitana rompimos un radio de la rueda trasera. La avería nos permitió continuar pero la rueda estaba cada vez más descentrada y tocaba en los frenos así que teníamos que solucionar el problema en Salerno. Ayer, de vuelta del paseo nocturno, vimos de casualidad el letrero de un taller de bicis junto al B&B en el que dormimos, así que esta mañana nos hemos acercado. El lugar lo regenta una pareja majísima, Roberto y Danielle. Nos han solucionado el problema estupendamente y encima no nos han querido cobrar. Hemos insistido pero nos han dicho que tienen por norma no hacerlo a la gente que viajamos en bicicleta. Y encima nos han estado aconsejando lugares para visitar los siguientes días. Así da gusto. Una vez más, nos volvemos a encontrar en el camino con gente amabilísima. ¡Muchas gracias de nuevo ragazzi! Os adjuntamos la web de la tienda: http://www.soloacciaio.it

Al final hemos salido de Salerno casi a la hora de comer, por la carretera litoral. El mar tenía un aspecto grisáceo debido a un manto de neblina que lo cubría todo. En el horizonte se veían dibujados los perfiles del relieve, pero con poca nitidez. Hemos pensado que si ayer nos llega a salir un día como éste no hubiéramos podido disfrutar tanto de los encantos amalfitanos.
A unos veinte kilómetros de Salerno nos hemos encontrado con las ruinas de Paestum, una antigua colonia griega que conserva tres imponentes templos dedicados a Hera, Apolo y Atenea. Se dice que en esta ciudad enseñaron Parménides y Zenon, casi nada.

Desde allí hemos continuado hacia una ciudad llamada Agrópolis, situada en una pequeña bahía y con un castillo de época aragonesa en lo más alto.

Para llegar a nuestro destino final, Santa María de Castellabate, teníamos varias posibilidades. Una, por la carretera principal, y otra, por un camino de trekking junto al mar. Queríamos hacer esta última pero en un centro de información turística nos lo han desaconsejado por tener algún paso difícil para nuestras bicis. Al final hemos optado por una solución intermedia. Hemos subido por carreteras secundarias, con una buena pendiente eso sí, hasta la cima del monte y desde allí hemos bajado a Santa María. Mañana visitaremos el pueblo, ya que nos hemos alojado en un camping a unos tres kilómetros. También veremos Castellabate que, según nos han dicho, es el pueblo en el que se rodó Bienvenidos al Sur, versión italiana de la conocida película francesa. Esperemos que nos nos llueva, a pesar de que el pronóstico nos dice lo contrario.

Etapa 36: Meta – Sorrento – Salerno (68 Kms) por Costa Amalfitana

Nos resulta imposible transcribir al lenguaje lo que nuestras retinas han venido admirando. Estamos abrumados por tanta belleza. Ayer Capri nos deslumbraba con su agreste elegancia y hoy la Costa Amalfitana nos ha ofrecido un enorme espectáculo, en donde lo natural y lo humano alcanzan un exquisito equilibrio. Como veis, ayer hicimos una etapa de descanso (apenas los seis kilómetros que separan Meta de Sorrento) para poder visitar la famosa Isla. A ella se retiró el emperador Tiberio hasta sus últimos días, el mismo que ordenó construir la fastuosa Villa con cueva en Sperlonga de la que os hablamos etapas atrás. Después, como sabréis, han sido muchos los poderosos o afamados que han seguido sus pasos. Y es que algo tiene esta isla, aparte de sus historias más o menos glamurosas, que cautiva a quien la visita.

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Ayer hicimos noche en Sorrento, un bello pueblo que sirve de base a la mayoría de los que queremos conocer sus alrededores.

Esta mañana hemos salido de allí en busca de la Costa Amalfitana. Para llegar a ella no queda más remedio que atravesar la península Sorrentina desde la costa norte a la sur y para ello hay varios caminos. Hemos optado por el que sale de Piano de Sorrento porque hay que salvar menos desnivel. Aún así hemos subido un par de kilómetros con una pendiente que nos ha hecho apretar las tuercas de los pedales y ya de paso, romper un radio en una rueda.

Una vez coronada la cumbre, la carretera desciende por la escarpada vertiente sur. Las laderas de la costa caen en vertical sobre el mar y el camino va zigzagueando como puede a través de ellas. El paisaje es todo un espectáculo. Avanzábamos apenas cien metros y teníamos que parar para poder admirarlo con detenimiento y retratarlo con nuestras cámaras. El roquedo calizo se entremezcla con el verde frondoso de los pinos, las encinas, los limoneros y muchas especies más. Toda la zona forma parte del parque natural del Monte Lattario.

El primer pueblo que se atraviesa es Positano, un lugar muy pintoresco que ha sido escenario de varias películas.

Las casas trepan por las vertientes de la montaña fomando un urbanismo vertical bellísimo.

Tras este, hemos pasado por Vettica Maiore al que siguen otros como Praiano o el mismo Amalfi. Todos ellos están perfectamente integrados en el paisaje formando un armonioso conjunto.

Aunque actualmente viven casi exclusivamente del turismo, en su historia han tenido que inventar el terreno cultivable. Para ello, generación tras generación, han ido creando terrazas en las empinadísimas laderas de los escarpes a través de un titánico empeño. La mayor parte del terreno cultivable está ocupado por limoneros, que aquí son todo un símbolo.

Gracias a ellos producen el famosísimo limoncello de Sorrento, pero no sólo eso. En las tiendas se encuentran caramelos de limón, jabones de limón, ambientadores de limón… y por supuesto, helados y granizados. El día ha salido soleado y hermoso, con una temperatura ideal para pedalear. Nos imaginamos que hacerlo en verano tiene que ser bastante más duro, ya que todo es vertiente sur y el sol da de lleno. Además, al no haber carreteras alternativas, el tráfico tiene que ser intensísimo. Ahora, sin embargo, a pesar de que se ven turistas, la carretera está muy tranquila y los coches y autobuses que pasan de vez en cuando no resultan demasiado molestos.

Entretenidos como veníamos con tanto deleite casi ni nos hemos dado cuenta de que no parábamos de bajar y subir cuestas así que, cuando hemos llegado a Salerno, el cansancio nos ha venido de repente. A pesar de ello hemos podido dar un pequeño paseo por el centro de esta atractiva y vital ciudad, con una antiquísima universidad, famosa desde tiempos medievales por sus estudios de Medicina.

Esta noche soñaremos con limoneros y el mar.

Etapa 35: Nápoles – Meta (53 kms)

No, no os penséis que hemos llegado al final de nuestro periplo. Meta es el nombre del destino de la etapa de hoy, en la península Sorrentina. Hemos salido de Nápoles hacia las diez de la mañana, en compañía del gran Giacomo, nuestro amigo napolitano, que nos ha acompañado hasta Pompeya después de invitarnos ayer a probar los dulces napolitanos, el helado, el café y la pizza, ¡qué gran anfitrión Giacomo!.

Hemos llegado a Pompeya a través de la carretera de la costa, la cual tiene un pavimento de grandes adoquines que hacen un poco incómodo el trayecto. Como era domingo, había mucha gente por las calles y un poco de tráfico por la carretera. El otro día decíamos que el tráfico de Nápoles no era para tanto pero hoy nos vais a permitir una pequeña rectificación. No es que sea especialmente caótico, pero sí un tanto más anárquico que en otros lugares. Aquí, primero se mete el morro del coche y después se mira. Según Giacomo, cuanto más al sur la gente anda más alocada…Hemos pasado muy cerca del Vesubio, junto a Ercolano y Torre del Greco y no podíamos dejar de pensar e imaginar cómo debieron ser los días de la gran erupción del año 79 d.C.

Al llegar a Pompeya nos ha sorprendido el enorme gentío que se arremolinaba en torno a una iglesia, el Santuario della Virgen del Rosario de Pompeya. Había hasta una banda de música tocando. Debe de ser un lugar habitual de peregrinaciones pero nos ha dicho Giacomo que ese ambiente es lo normal los domingos.

Hemos tomado un café en la plaza y después nos hemos dirigido a la entrada del yacimiento arqueológico. Cuando hemos llegado, nos ha decepcionado bastante que nos obligaran a dejar las bicicletas fuera del recinto del yacimiento, a pesar de que había mucho espacio dentro. Es una de esas posturas normativas que no acabamos de entender. Hemos ido al parking de coches para que, por lo menos, estuvieran en un lugar cerrado y no correr peligro de que se las llevaran. Para nuestra sorpresa, en el parking guardan coches, motos, caravanas… pero bicis no. Así que, finalmente, hemos tenido que dejarlas atadas en la calle. Como había un kiosco junto a la puerta nos hemos tomado un par de zumos y le hemos pedido al dependiente que las fuera echando un vistazo. Al salir, hemos respirado aliviados de verlas pero sin acabar de entender las trabas que se han empeñado en ponernos… Parece que todo es mucho más fácil para los coches.

En la puerta de entrada al yacimiento arqueológico nos hemos despedido de Giacomo con pena. Es curioso como, en apenas dos días y hablando idiomas diferentes, uno puede conectar tanto con alguien. Ayer hablábamos de eso entre nosotros. Giacomo, si lees esto, un fuerte abrazo y nuestros deseo de que todo te vaya estupendamente.

La visita a Pompeya es impresionante. Te transporta dos mil años atrás y te das cuenta de lo avanzados que estaban los romanos o lo poco que hemos progresado desde entonces en muchos aspectos. Una vez más, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?.

Después de algunas horas apasionantes pero agotadoras dentro del recinto, hemos salido a comer algo. Tras reponer fuerzas, hemos reemprendido el camino rumbo a la península Sorrentina. Hemos cambiado el asombro de la historia por el de la naturaleza. El relieve costero en esta parte de la bahía de Nápoles es todo un espectáculo. La costa cae abruptamente hacia el mar en vertiginosos acantilados y, salpicando las laderas de los escarpes, se distribuyen casas, villas, iglesias… con el Vesubio siempre presente al norte, como un vigía insomne.

Así, boquiabiertos por tanta belleza, hemos venido pedaleando hasta Meta, en el Piano de Sorrento.

Mañana cruzaremos al otro lado de la Península, hacia la costa amalfitana, uno de los lugares que domina nuestros anhelos desde hace tiempo.