Etapa 10: Toulouse – Castelnaudary (65 kms)

Después de dos días allí, hemos dejado Toulouse con bastante pena. Entre que el día ha salido lluvioso y que no nos importaba quedarnos un poco más, hemos salido casi a las dos de la tarde. Después de comer en un restaurante libanés (el mismo en el que cenamos el día que llegamos) hemos emprendido el camino nuevamente. Hoy nos reencontramos con el Canal del Midi.

Como ya comentamos en alguna otra entrada del blog, Toulouse divide las aguas del Canal del Garona de las del Canal del Midi, obras ambas con las que se pretendía unir, por vía fluvial, el Océano Atlántico con el Mar Mediterráneo. Ambas cuencas, la del Atlántico y la del Mediterráneo, se dividen a unos cincuenta kilómetros de Toulouse en lo que se llama Partage des Eaux., en el Seuil de Naurouze. Este es el punto más elevado del Canal del Midi (189 m) y justo aquí parte del agua del canal se vierte hacia el oeste, a la cuenca atlántica y parte hacia el este, a la cuenca mediterránea. De hecho, la primera esclusa hacia el oeste se llama Esclusa del Océano, y la primera hacia el este, obviamente, la del Mediterráneo. Así que ya vamos estando más cerca del lugar que da nombre nuestro periplo. Este lugar fue fundamental a la hora de diseñar un canal que uniera los dos mares. Hay que pensar en la tecnología de la época y en lo difícil que tuvo que ser encontrar el punto justo en el que las aguas, de forma natural, siguieran un curso u otro. Es casi mágico. El agua procede de la Montaña Negra, que está al norte, y es retenida en el estanque de Saint Ferréol. Todo este sistema fue ingeniado por Paul Riquet, del que hay numerosos homenajes en Toulouse. Para más información podéis consultar aquí (en francés, eso sí).

Pasado este punto, al igual que el agua, hemos empezado a descender hacia el Mediterráneo. La primera esclusa, como ya hemos dicho, lleva este nombre pero llegar a ella no ha sido fácil. El camino en este tramo ya no es el flamante carril bici por el que veníamos circulando sino un sendero sinuoso y de tierra. Si a esto le añadimos que ha estado todo el día lloviendo, el resultado es un barrizal. Hacer los seis o siete kilómetros que serparan la partición de las aguas de la esclusa del Mediterráneo ha sido, vamos a ser positivos, “divertido». Nos hemos puesto de barro hasta el gorro, por no hablar de las pobres bicis. Por lo menos no hemos acabado en el suelo, o en el canal, aunque algún resbalón casi lo consigue. Ni que decir tiene que llevar pedales automáticos por aquí lo hace aún más entretenido.

Con este panorama habíamos decidido abandonar el sendero, justo en la esclusa del Mediterráneo, y acabar la jornada por la carretera. Pero una amable pareja que estaba paseando por allí, al ver nuestra intención, nos ha dicho que a partir de ese punto el camino era mucho mejor, más ancho y con piedra y que no merecía la pena ir por la carretera. Tenían razón y nos han ahorrado circular junto a los coches y algún kilómetro de más.

Al final hemos conseguido llegar a Castelnaudary, pueblo del que ya hablamos en el anterior viaje. Nuestra intención era buscar el camping pero, cuando hemos preguntado por él, nos han dicho que no abre hasta mayo. Al final nos hemos venido a acampar a una de las numerosas áreas de autocaravanas que hay en este país. Son lugares muy bien preparados para la enorme cantidad de gente que viaja en estos furgones. Tienen tomas de agua y de luz y están muy bien protegidas. A nosotros nos ha venido estupendamente. Total, aquí en Francia cualquier rincón tiene un suelo y una hierba que ya la querrían muchos campings españoles de 1ª categoría.

Toulouse

Etapa 9: Lamagistère – Toulouse (98kms)

Hoy hemos completado el último tramo del Canal del Garona hasta Toulouse. En esta ciudad dicho canal se junta con el del Midi, que es por el que circularemos los próximos días, formando lo que se conoce como la cicloruta de los dos Mares.

Toulouse es una ciudad que ya nos gustó la primera vez que estuvimos. Nada más llegar se palpa la gran vitalidad que tiene y sobre todo, la cantidad de gente joven que hay por todas partes. De hecho, es una de las principales ciudades universitarias de Francia.

El día ha salido soleado y con buena temperatura. La única pega que podemos ponerle ha sido el viento en contra que hemos tenido durante toda la etapa, especialmente en los últimos treinta kilómetros. Circular por las pistas del canal con un día como este es un auténtico placer. Y más aún  si, de vez en cuando, paras en pueblos como Moissac. Ya habíamos estado en él en nuestro anterior viaje pero aquella vez nos encontramos con un pueblo casi desierto y hoy, domingo de mercado, es un hervidero de gente por todas partes.

Nos encanta el ambiente de los mercados en Francia. Hay puestos de fruta y verdura, de quesos, de comidas exóticas… todo con una pinta estupenda. Las ciudades recobran la vida que, en días normales, echamos en falta en sus calles. Hemos aprovechado para comprar víveres en el mercado, unas manzanas exquisitas, algunos frutos secos y embutido. Y hemos aprovechado para comer frente al pórtico de la famosa abadía de Saint Pierre de Moissac.

Mientras comíamos, hemos empezado a escuchar un enorme estruendo que provenía, curiosamente, del interior de la iglesa de Saint Pierre. Al acercarnos, hemos visto que había un grupo de danzas africanas bailando al son de varios enormes tambores. El contraste entre el hieratismo del pórtico con la alegría de los africanos era divertido.

Con un poco de pena hemos dejado atrás el bullicio de Moissac, pero el camino continua. A un par de kilómetros de la ciudad, hay un bonito puente-canal (o acueducto) construido en el ladrillo rojo típico de esta zona.

Los siguientes treinta kilómetros hemos rodado con bastante alegría ya que el viento no era excesivo. Hemos atravesado muchas tierras sembradas de colza que dan al paisaje un alegro tono de amarillo intenso.

Hemos hecho un descanso en un pequeño pueblo llamado Grisolles. Hemos parado en el único bar que estaba abierto. Tenía buen ambiente en su terraza y es que, al parecer, hoy habían hecho un mercadillo de compra venta de cosas usadas. Esto es algo común en Francia. De vez en cuando aprovechan para vender todas esas cosas que tenemos por casa y que ya no utilizamos. Para los que usáis Wallapop, lo mismo pero en directo.

Hablando con la dueña del bar resulta que es de Vitoria pero lleva once años aquí. Nos ha dicho que, cuando llegó, era una de las pocas españolas pero ahora hay bastantes por la zona, especialmente desde la «famosa» crisis. Dice que, como hay bastante trabajo en la recolección de la fruta, mucha gente viene a hacer la temporada y unos cuantos han optado por quedase a vivir aquí. La verdad es que cuando sales de España te das cuenta de la cantidad de gente a la que se ha echado del país, porque una cosa es venirte a vivir porque quieres, como la dueña del bar que lo hizo porque se enamoró de un francés, y otra muy distinta venir a coger fruta aquí porque en España no hay ni para eso.
Desde aquí a Toulouse hemos rodado más tranquilos, especialmente porque el aire de cara era cada vez más y más fuerte. Queríamos llegar hoy pero no queríamos acabar destrozados en la lucha contra el viento.

Poco a poco hemos ido avanzando y como casi todo, a base de constancia, hemos tocado las puertas de la ciudad que nos ha recibido con la alegría de la otra vez y con una luz muy especial, sobre todo en la zona del río.

Hemos encontrado una especie de apartamento estupendo por el centro a muy buen precio así que ahora toca descansar. Quizás hagamos un día de reposo aquí para disfrutar un poco más de la ciudad y relajar las piernas.

Etapa 8: Durance – Lamagistère (72 kms)

Hoy hemos llegado al Canal del Garona. No era nuestra intención original, pero visto que optar por el camino más recto hacía Toulouse suponía tener que enfrentarnos a una zona con numerosas colinas, hemos decidido hacer unos cuantos kilómetros más y seguir el carril bici que une el Atlántico, desde Burdeos, al Mediterráneo, en Sète. Esto es como una autopista para las bicis. Un carril con un firme impecable, sin apenas desniveles, con todo tipo de servicios y áreas de parada para los ciclistas. Seguiremos esta ruta hasta Sète, para empezar allí nuestro auténtico periplo mediterráneo. No obstante, nos parece interesante acercarnos al Mare Nostrum desde las costas atlánticas. De hecho esta ruta de bici se llama Ruta de los dos Mares.

Lo cierto es que ya sabréis (y ya comentamos) que hicimos esta ruta hace una par de años. Pero no nos importa volver a pedalear por ella, ya que atraviesa lugares a los que gusta volver.

La etapa de hoy ha sido también agradable. Hemos disfrutado de un día soleado, especialmente una vez que hemos llegado al Canal del Garona. Antes de llegar a este, hemos tenido que atravesar una zona de pinares en la que, debido a la abundante arena, nos ha costado avanzar ya que las bicis se quedaban clavadas.

Superado este escollo hemos avanzado por carreteras secundarias, pequeños pueblos y zonas con bastantes viñedos y alguna que otra colina.

Después de unos veinticinco kilómetros de pedaleo hemos llegado al Canal. Hemos comido en la ciudad de Agen, en la que ya estuvimos en el anterior viaje por aquí y que es muy agradable de pasear.

Desde allí hemos avanzado unos veinte kilómetros más hasta un pequeño pueblo llamado Lamagistère en el que estamos alojados en un pequeño Hotel-Albergue. El pueblo está enclavado entre el río Garona y su Canal lateral y la única pega es la enorme central nuclear de Valence que se ve desde la orilla del río.

Etapa 7: Saint Perdon – Durance (93 kms)

Hoy hemos disfrutado mucho de la etapa. El día ha salido estupendo, y después de la que nos cayó ayer, se saborea el doble. Además, hemos pasado por lugares con mucho encanto en el corazón de Armagnac, pero no, no hemos probado el famoso licor.

Lo primero que hemos hecho, después de dejar Saint Perdon, ha sido pedalear hasta Mont de Marsan y visitar la ciudad. La entrada en ella es de postal.

A pesar de ser una ciudad más bien pequeña, tiene unos cuantos rincones con encanto. Eso es lo bueno de Francia, que saben mimar sus pueblos y ciudades.

Nos hemos tomado un refresco en la terraza del café L´Entreacte, disfrutando del sol y de las vista a la plaza y el Teatro. También hemos aprovechado para comprar víveres para el camino.

Desde esta ciudad, hemos comenzado una vía verde deliciosa. Es la Vía Verde del Marsan y el Armagnac. Su trazado, con un firme impecable, avanza entre tierras de cultivo, bosques y pequeños pueblos.

Unos kilómetros más tarde, la vía deja de estar asfaltada para convertirse en un camino de tierra por el que las bicis con peso avanzan algo peor, aunque el paisaje lo compensa.

Así hemos llegado hasta La Bastide d´Armagnac. Hemos comido al sol en una de las cuidadísimas áreas de descanso de la Vía Verde y casi nos vamos sin conocer el pueblo. Menos mal que hemos entrado a verlo porque nos hubiéramos perdido un lugar precioso. Es un pueblo con un centro histórico pequeño pero conservado con mucho gusto y esmero. Tiene aires medievales en las fachadas de sus casas, sus soportales, su enorme iglesia con aspecto de fortaleza. Y también tiene muchísimos talleres de artistas y artesanos que han decidido trasladar allí su lugar de trabajo. Una delicia de lugar.

Desde allí hemos emprendido rumbo hacia el norte, atravesando campiñas con bastante viñedo, bodegas en auténticos castillos y unos cuantos pueblos con el sufijo D´Armagnac, lo que no deja dudas de la región que estamos atravesando.

Hacia el final del día nos hemos internado por una zona de pinares. No hay que olvidar que todavía estamos en la región de las Landas, uno de los pinares más extensos de toda Europa.

Por el camino nos hemos encontrado con un faisán y luego con dos enormes jabalíes. Por aquí abunda la caza y, por lo que hemos visto, los cazadores.

Como ya se iba haciendo de noche y los kilómetros iban pesando hemos empezado a buscar algún lugar para dormir. Pero nada, no había ninguno en todo el camino. Al final, hemos llegado a un pequeño pueblo llamado Durance dispuestos a dormir donde fuera. Hemos entrado en el bar del pueblo y el dueño, que se llama Eduardo y es catalán, nos ha dicho que el próximo hotel, camping… está a veinte kilómetros. Menos mal que un amable parroquiano del bar nos ha ofrecido su jardin para poner la tienda. la casa está a unos dos kilómetros del pueblo y hemos ido como hemos podido detrás de su coche. Así que aquí estamos, en el jardin de la casa de este hombre del que no sabemos ni su nombre (en cuanto ha llegado se ha vuelto al bar donde estaba, como debe ser).

Etapa 6: Clermont – Saint Perdon (47 kms)

Hoy hemos caído de casualidad en este pueblo de nombre tan peculiar, Saint Perdon. Parece como si el destino se hubiese querido disculpar después de la etapa que hemos tenido. No, hoy no nos quejamos de las cuestas sino de la lluvia y el frío que hemos pasado. Nuestra intención era haber pedaleado más kilómetros, pero nuestros pies y nuestras manos han dicho ¡basta de tanta agua y frío!. Bueno, hemos conseguido avanzar un poco más. Y por lo menos la lluvia nos ha respetado hasta justo conseguir desmontar la tienda. Después de recoger en el camping hemos desayunado unos huevos cocidos que nos ha dado la dueña. Ambos se han portado fenomenal con nosotros.
Hoy no tenemos fotos que mostraros porque, con tanta lluvia, ni se nos ha ocurrido sacar la cámara. Casi agradecíamos las cuestas para entrar en calor, pero bajarlas era bastante peor por el aire que, con el cuerpo empapado, las convertía en un frigorífico. Habíamos decidido acortar la etapa hasta Mont de Marsan, la capital de la región de las Landas, pero nos hemos quedado a unos ocho kilómetros. Mañana esperamos que mejore el tiempo y podamos visitar la ciudad. De momento estamos refugiados en un acogedor hotelito de este pequeño pueblo de las Landas.

Etapa 5: Bayonne – Clermont (71 kms)

Hoy escribimos desde un pequeñito pueblo llamado Clermont, en la región de las Landas pero pegando a la de Pirineos Atlánticos. Somos los únicos clientes de un pequeño camping que tienen en su granja una pareja de entrañables jubilados. El dueño del camping nos ha obsequiado con una lata de un delicioso pate de pato hecho por su mujer, ya que no teníamos nada para cenar (hemos venido por zonas con muy poca población y no hemos encontrado tiendas abiertas).

Por toda esta región se produce mucho y muy buen paté y foie gras. Menos mal que no hemos visto como engordan a los pobres patos, pero si alguna que otra granja.

Los primeros kilómetros tras dejar Bayonne han sido muy llanos, junto al río Adour, por un carril-bici en perfecto estado y con el precioso paisaje del río y las casonas que lo jalonan por ambas riberas.

Pero poco después han empezado a aparecer suaves lomas, que no nos han abandonado durante el resto del camino. Estas colinas no son muy altas ni prolongadas pero cuando se suceden durante muchos kilómetros la ruta se va haciendo un auténtico rompepiernas. De hecho estamos llegando a Armagnac, famoso no sólo por su licor si no también por sus colinas. Por el camino hemos visto muchas plantaciones de kiwis. En esta época ya están recogidos pero hemos podido probarlos gracias a una mujer que nos ha regalado cuatro. Y la verdad es que estaban deliciosos.

Mañana nos esperan lluvias, lo cual va a ser una lata, sobre todo después del día primaveral que hemos tenido hoy. Además vamos a optar por cambiar sensiblemente la ruta prevista. Avanzaremos en dirección al canal del Garona, ruta que ya hicimos hace dos años. Entroncaremos con él en la ciudad de Agen. A pesar de que iremos por sitios ya conocidos y de que haremos más kilómetros, esperamos librarnos de las famosas colinas de Armagnac, porque con las bicis cargadas son una tortura.

Etapa 4 (66 Kms): San Sebastián – Bayona

Etapa corta la de hoy pero no por ello menos meritoria. La verdad es que cruzar a Francia autopropulsados nunca es fácil. Hay fronteras naturales y fronteras mentales. La que separa España (o la Península Ibérica) de Francia (o del resto de Europa) es de las primeras. Y eso explica muchas cosas. Pero vamos con lo nuestro.
Después de un día de sufrimientos gastronómicos (si, es muy duro ver tantas cosas ricas y no poder probarlas todas) hemos empezado a pedalear con tranquilidad. Para salir de San Sebastián hemos subido en dirección a Intxaurrondo, pasando por la puerta del Arzak (pena de almuerzo, jaja), para bajar luego al Puerto de Pasajes. Hemos cruzado en una barca al otro lado de la bahía, la parte de San Juan, que es la más bonita y pintoresca.

Desde allí, hemos ido en dirección a Irún pasando por Lezo y subiendo alguna que otra cuesta, por una carretera con un poco de tráfico.

En Irún hemos comido en el bar The Bohemian, un pincho de tortilla exquisito y unas lentejas con Idiazabal no peores.

Con las fuerzas repuestas, menos mal, hemos ido en dirección a Behobia y de allí a Francia. Una vez aquí, nos ha tocado subir un primer puertecito (con los kilos que llevamos en las bicis todas las cuestas saben peor). Hasta Sant Jean de Luz hemos tenido un contínuo sube y baja por carreteras interiores. En Sant Jean hemos tomado el camino de la Eurovelo 1 (que ya hicimos hace unos años) bordeando la costa. Sólo por las vistas vale la pena venir por aquí.

Así, hemos cruzado Ghetary, Bidart, Biarritz… para llegar finalmente a Bayonne. Hemos disfrutado mucho del camino, ya que esta zona es espectacular, pero hemos llegado al final bastante agotados. Aún así, hemos dado un pequeño paseo por las bellas calles de Bayonne, ya casi desiertas a esas horas (no os penséis, serían las siete de la tarde). Francia es un país hermoso, pero muy tranquilo, a veces quizás demasiado.

Etapa 3 (89 Kms): Pamplona – San Sebastián

Bueno, ya hemos completado la tercera etapa y hemos llegado hasta la Costa Cantábrica. La verdad es que este tramo de la ruta lo habíamos hecho hace poco, a través de la Vía Verde del Plazaola (podéis ver el artículo del blog aquí).

El día ha salido espectacular, lo que nos ha permitido disfrutar de los preciosos paisajes de la ruta.

Ya sabíamos que los primeros cuarenta kilómetros tienen unas cuantas cuestas así que ya estábamos preparados mentalmente. Lo que nos ha dejado tocados ha sido una rampa del muchos% que nos hemos encontrado al intentar una ruta alternativa a la llegada a Lekunberri que hicimos la otra vez (que tambíen tenía lo suyo).

Menos mal que al llegar al pueblo hemos encontrado el bar Ainhoa, que nos ha devuelto las fuerzas en forma de chorizo a la sidra (capricho que nos ha entrado subiendo la cuesta) y callos, la típica dieta del deportista.
Después de Lekunberri la ruta sigue subiendo un poco pero de forma muy suave hasta llegar a un enorme tunel (de casi tres kilómetros) antes de pasar junto a Leitza. Estos tramos suelen estar iluminados pero dentro tienen mucha humedad (cuando no auténticas duchas) y las bicis han acabado rebozadas en barro.
El paisaje por el valle de Leitzaran es un espectáculo, y más cuando se tiene la suerte de cruzarlo con sol.

Así hemos llegado plácidamente, aunque algo embarrados, hasta Andoain. Allí, buscando una ruta para llegar a San Sebastián diferente de la que hicimos la otra vez, que no nos había convencido, hemos vuelto a encontrarnos con varias cuestas de las que escuecen. Nos hemos arrepentido bastante de nuestras ganas de innovar ya que la llegada a Donosti ha sido bastante más complicada que la anterior que hicimos (más cuestas y más coches). Entre el cambio de horario y los cambios de ruta hemos llegado justo al anochecer. Bueno, al menos hemos conseguido llegar bien aunque un poco cansados. Nos sacrificaremos y estaremos un día de descanso en esta ciudad donde no sabemos si podremos comer algo.