Etapa 46: Catania – Siracusa (73 kms)

Después de dar un tranquilo paseo matutino por las calles de Catania, hemos tomado la SS114, que recorre todo el oriente de la isla de norte a sur. Por ello esta carretera recibe el nombre de Sícula Oriental.
El paisaje cambia bastante al sur de Catania. La montaña deja paso a una ámplia llanura y todo cobra un aspecto más árido. Los cultivos de cítricos dan paso al cereal. Aún se ven algunos terrenos con limoneros o naranjos pero tienen un porte bastante más pobre que en la ladera del Etna.

Hoy soplaba un fuerte mistral que nos ha favorecido, haciendo que en algunos tramos llanos avanzáramos a velocidades poco habituales en nosotros. Los pobres ciclistas que venían de frente no rodaban con tanta alegría.
En general, el camino entre estas dos ciudades no es especialmente bello. Podría ser el paisaje de la zona del valle del Ebro, por ejemplo. De hecho, nos ha recordado a algún tramo de nuestra segunda etapa.
A unos treinta kilómetros de Siracusa, a la altura de una ciudad llamada Augusta, comienzan a aparecer enormes complejos industriales junto a la costa, varios de ellos de refienerías de petróleo. Todo cobra un aspecto de distopía futurista a lo Mad Max.

Menos mal que Siracusa, especialmente el bello barrio de Ortigia, nos ha endulzado la mirada después de tanta dureza industrial.

Este es el centro histórico de la ciudad y todos los siglos de historia desde su fundación griega, se han acumulado en sus rincones. El conjunto forma un delicioso entorno, con una luz muy especial, ya que las calles son estrechas y los edificios no son muy altos y todo ello está rodeado de agua. Sus iglesias barrocas se mezclan con palacios renacentistas y su castillo medieval con el templo griego de Apolo. Todo está concentrado en el reducido espacio de la isla, como una síntesis de la historia del Mediterráneo.

Antes de llegar al centro histórico, hemos hecho una visita a las ruinas grecorromanas de Neápolis, en las que destaca el anfiteatro romano, el teatro griego y la Oreja de Dionisio. Ésta es una cueva artificial creada en la cantera en la que, en época griega, extraían roca caliza para la construcción de edificios. Es un lugar con una acústica excepcional. Por ello, y por su símil al del órgano auditivo, dicen que Caravaggio la bautizó con ese nombre.

Mañana seguiremos avanzando el camino. El sol está generoso con nosotros y dan ganas de seguir explorando los múltiples secretos escondidos en los rincones de la isla.

Etapa 45: Taormina – Catania (60 kms)

Hoy ha dejado de llover. Nuestro bautismo siciliano ha sido completado.
Hemos salido de Taormina pasadas las diez, bajando una empinadísima cuesta que nos ha llevado a Giardini Naxos, pueblo homónimo al de la isla de las Cícladas y primera colonia griega de Sicilia. Descendiendo por la fuerte pendiente en Taormina he vuelto a partir un radio de la rueda trasera. Me lo han reparado en un taller, unos kilómetros más adelante, pero no con la maestría con la que lo hizo Roberto en Salerno, la verdad.
Hemos continuado rumbo sur por la costa Jónica. Sentimos la poderosa omnipresencia del Etna a nuestro lado pero no conseguimos verlo. Una espesa capa de nubes lo oculta pudorosamente, pero deja adivinar su imponente figura.

Los limoneros y las viñas abundan en la zona. Estas últimas dan origen al vino del Etna, no tan conocido como otros caldos sicilianos pero con muy buena reputación entre los entendidos. Hemos cruzado varios pueblos, entre ellos Riposto, pueblo natal de Franco Batiatto. A la hora de comer hemos parado en Acireale, un pueblo grande o ciudad pequeña, famoso en Italia por su carnaval. Hemos entrado en una pequeña Trattoria y hemos degustado una de las especialidades catanesas, aunque se estila en toda la zona, la pasta alla Norma. Se llama así en honor a Bellini y su gran ópera. La receta es simple pero deliciosa: pasta, berenjena, tomate y la clave, ricotta salada. En la Trattoria, hemos entablado conversación con un comensal vecino, llamado Walter. Nos ha dicho que la pasta alla Norma debe tomarse con vino tinto sí o sí. Nosotros habíamos pedido blanco, ya que a Mayte no le gusta el tinto, y Walter me ha dado de su botella para que, al menos yo, no cometiera el sacrilegio. El vino de Walter era del Etna y estaba buenísimo, pero tampoco me hubiera importado darle al blanco, es lo que tenemos los que somos agradecidos con el comer y el beber. La charla con él ha sido larga y tendida, casi nos tienen que echar del restaurante. Al final nos hemos despedido en la puerta, aunque seguramente podríamos haber continuado conversando toda la tarde, tomando una granita de mandorla en cualquiera de las muchas y buenas heladerías de Acireale.

Con la felicidad de haber comido bien, hemos continuado el camino. Hemos venido pensando en el mito de Acis y Galatea, que la tradición sitúa aquí. De ahí la toponimia de muchos lugares de la zona, entre ellos Acireale. También nos hemos topado con las enormes piedras que el gigante Polifemo lanzó a Ulises (Nadie) cuando éste consiguió escapar de su guarida, tras haberle cegado. No hemos podido echarnos la siesta pero hemos soñado con los mitos clásicos, que tampoco está mal.

Una cosa que nos fascina de Sicilia son los nombres de las ciudades. Incluso aunque no supiéramos nada de los lugares a los que venimos, igualmente lo haríamos sólo por lo sugerentes que resultan al escucharlos: Taormina, Catania, Siracusa, Agriento… Pero uno ya viene con alguna información de antemano, especialmente prejuicios. Y, de alguna forma, muchos de los que traíamos se han empezado a materializar al llegar a Catania. No sé a los demás, pero a nosotros las ciudades sicilianas se nos antojaban repletas de palacios barrocos desvencijados, iglesias por doquier, portales enormes con grandes patios en el interior, mercados repletos de pescado y verduras… y todo esto abunda en Catania. Pero es mucho más que esto, por supuesto.

Todas las ciudades del oriente siciliano tienen un aire común, fruto de su reconstrucción en pleno período barroco, tras el enorme terremoto que asoló la zona en el 1693. Y Catania, como capital de la región, es un bello exponente del mismo.

Tras pasear un buen rato por el corazón de la ciudad, hemos vuelto a la habitación que hemos alquilado a una mujer, por un módico precio, en una de las principales calles del centro.

Lo mejor del lugar son las excelentes vistas que tenemos. Si el Etna no estuviera tan tímido estos días lo veríamos frente a nuestro balcón.

Etapa 44: Messina – Taormina (53 kms)

Nuestra primera etapa siciliana ha estado pasada por agua, será que la isla ha querido bautizarnos como nuevos visitantes de sus tierras.

La etapa ha sido bastante corta pero nos ha costado acabarla ya que hemos tenido que parar bastante para resguardarnos de los frecuentes aguaceros que han ido cayendo. Hemos ido descendido por la costa oriental de la isla. Las tierras de la Península Itálica, que a la altura de Messina están muy próximas, se han ido alejando poco a poco hasta que la punta de la bota se ha quedado atrás, dejándonos tan sólo en compañía del mar Jónico. Mientras que el Tirreno siempre estaba a nuestra derecha, el Jónico queda a nuestra izquierda y es una sensación extraña después de tanto tiempo al revés.

Hemos ido atravesando una sucesión de pueblos encajados entre la contínua línea de playa y la montaña. En este sentido, el paisaje es muy similar al de Calabria. De hecho, se cree que Sicilia estaba unida a la zona calabresa hasta que se desgajó de ella por la zona del Estrecho de Messina. Cuando se mira el perfil costero de una y otra parte, esta teoría cobra bastante sentido. En el poco terreno cultivable que queda entre el mar y la montaña, siguen siendo protagonistas los cítricos, especialmente el limón. Con esta fruta se elabora por aquí un delicioso granizado (granita en italiano), que hoy hemos probado. También lo hacen de otros sabores, como la almendra.
Otra de las especialidades de la zona es un dulce hecho a base de pasta de almendras (mandorlas), que una amable pastelera nos ha invitado a degustar. ¡Buenísimo!.

Llegar a Taormina nos ha costado un poco. No sólo por la lluvia, que no ha cejado en su empeño de mojarnos, sino porque está situada a doscientos metros sobre el mar y los hemos tenido que subir de golpe, en apenas tres kilómetros. Eso sí, gracias a esta situación elevada, las vistas desde la ciudad son bellísimas, especialmente en el antiguo teatro grecorromano desde el que se divisan el mar y el Etna. Lástima que hoy había nubes y éste apenas se vislumbraba.

Taormina se encuentra situada en una terraza natural frente al mar desde donde tiene una posición privilegiada. La ciudad no es muy grande y nos ha parecido invadida por los turistas (incluidos nosotros, claro). No esperábamos tanta masificación en esta época del año. No nos imaginamos cómo será esto en pleno verano. Es lo malo que tienen los sitios tan renombrados, que todos queremos verlos y somos unos cuantos en el planeta para un lugar tan pequeño (y eso que, por desgracia, hay una gran mayoría que ni se puede plantear viajar). En su libro sobre Roma, Javier Reverte escribía algo así como que a casi ningún turista nos gustan los demás turistas. Yo diría que menos a los japoneses, a los que me parece que les trae sin cuidado el resto.

Etapa 43: San Ferdinando – Messina (69 kms)

Después de una merecida jornada de descanso, hoy hemos continuado el pedaleo. ¡Ya hemos alcanzado tierras sicilianas!
El día ha salido con un sol convincente pero un aire ligeramente fresco, deliciosa combinación para el pedaleo.
Hemos dejado San Fernandino a eso de las diez, siguiendo la ya familiar SS18 o Tirrena Inferior. Para llegar a Gioia Tauro, hemos tenido que rodear su enorme puerto de mercancías que, como ya dijimos, es el más grande de Italia.

Desde allí hemos empezado un ascenso progresivo que nos ha llevado a cerca de los seiscientos metros sobre de altitud. La tierra cae abruptamente hacia el mar y no hay otro paso posible. Y hacia el interior se extiende la masa montañosa del Aspromonte, que conforma un enorme Parque Nacional con cumbres cercanas a los dos mil metros. En el camino de subida nos hemos encontrado con varios grupos de ciclistas aficionados. Uno de ellos nos ha recomendado acercarnos a un mirador que hay en la cumbre desde el que se ve el Estrecho de Messina, las Islas Eolias, el Cabo Vaticano… ¡Cómo le agradecemos la sugerencia!.

La vista que hay hipnotiza. Podrías estar horas y horas mirando. Además, en el mirador nos hemos encontrado con un simpático y amable chico llamado Salvatore. Hemos estado un buen rato charlando con él y ha resultado ser un gran conocedor de la zona. Dice que, cuando el trabajo le hace pasar cerca, siempre intenta venir a relajarse aquí. ¡Menudo sitio más apropiado para ello!

Nos ha contado muchas cosas del lugar ya que suele venir a menudo. Nos ha hablado del mágico efecto de fata morgana que se crea en algunos días de claridad. Es una ilusión óptica producida por diferencias térmicas en el aire. De hecho, el Estrecho de Messina es uno de los lugares más famosos en los que observar este fenómeno.

También hemos hablado del origen mitológico del paso de Escila y Caribdis, los dos escollos que custodian el paso del Estrecho. En la Odisea, Circe recomendó a Ulises acercarse a Escila porque, a pesar de perder algún hombre de la tripulación, salvaría al resto y a la nave, mientras que en el lado de Caribdis ninguno podría contarlo. Quien sabe si fue éste el lugar al que Homero aludió en el episodio, lo cierto es que la tradición lo ha situado aquí desde antiguo y a nosotros siempre nos gusta jugar a creernos en los escenarios del mito.

El pueblo ubicado junto a la roca de Escila se llama, como no, Scilla, y es un bello cojunto de casas derramadas en una ladera. Antes de llegar a él está el pequeño y bello puerto pesquero de Chianalea, donde Salvatore nos recomendó comer, pero llegamos tarde para ello.

Uno de los pescados que más se consumen por toda la costa calabresa es el Pez Espada y en estos restaurantes tenía pinta de que lo hacen muy bien. En fin, otra vez será. Al final hemos comido en el único sitio que hemos podido, un chiringuito de la playa de Scilla. La verdad es que las vistas eran inmejorables.

Por el camino hemos visto algún que otro barco pesquero con una persona en lo alto del mástil. No sabemos si será una técnica de pesca, ya que somos muy ignorantes al respecto, pero tiene que marear lo suyo ir allí subido.

Desde Scilla hemos pedaleado hacia Villa San Giovanni, el puerto desde el que se embarca a Sicilia. Hace tiempo que hay un proyecto para construir un puente entre la Península y la Isla, puesto que distan apenas tres kilómetros, pero hay mucha polémica sobre ello. El principal argumento en contra es la alta sismicidad de la zona, pero pensando en el Golden Gate de San Francisco no debe de ser imposible llevarlo a cabo. Lo cierto es que si yo tuviera el negocio de los barcos con los que tienen que atravesar cada día miles de personas y de camiones y coches no se si estaría muy por la labor de que hicieran un puente…

A nosotros, que venimos una vez, lo de cruzar en barco hasta nos resulta pintoresco, pero para la gente del lugar debe de resultar un incordio. Aunque si pensamos en el peaje del 25 de abril de Lisboa, casi es más rápido cruzar en barco que por un puente como ese.
En apenas veinte minutos estábamos en Sicilia.

Messina es una ciudad bastante nueva ya que, como su vecina Reggio Calabria, fueron violentamente azotadas por un terremoto en 1908. Esta arquitectura le confiere un aire que recuerda a algunas ciudades francesas.
Llevamos pocas horas aquí pero no hemos perdido el tiempo. Ya hemos probado dos de los productos emblemáticos de la isla, ambos por sugerencia de Salvatore: los arancini y los cannoli. Los primeros son unas bolas de arroz rebozadas y rellenas de carne, verduras y queso. Los segundos unos canutillos de masa quebrada rellenos de ricota. También hemos hecho un aperitivo vespertino, como suelen estilar los italianos.

Ya hemos hecho algunos de los deberes culinarios pero mañana empezará realmente la aventura siciliana de nuestro periplo.

Etapa 42: Vibo Marina – San Ferdinando (59 kms)

Hoy hemos completado una etapa corta pero intensa.
Esta mañana soplaba un fuerte mistral, poniente o céfiro, viento predominante en la zona, justo en contra de nuestra dirección. El aire provenía del interior del mar, seguramente de la cercana Isla de Lípari (Isla Eolia en la Odisea), morada del dios homónimo. Fue allí donde éste recriminó a Ulises su imprudencia por haber dejado que sus compañeros abriesen el pellejo de buey con los vientos que le había regalado en su anterior visita. Por culpa de este desmán, tuvieron que remar durante siete días. Así nos sentíamos esta mañana, remando contra la ira de Eolos.
Toda esta parte de la costa del Tirreno es conocida como la Costa de los dioses. Aparte del citado Eolos, con morada en Lípari, también el dios del fuego, Hefesto, tiene su fragua en las Eolias. Normalmente el perfil de estas islas se divisa desde la costa, especialmente el volcán Estrómboli, pero hoy había mucha nubosidad y una gran capa de bruma sobre el horizonte que nos lo ha impedido.

Antes de llegar a la bella Tropea, famosa además por su cebolla roja, como decíamos ayer, hemos tenido un par de pinchazos, lo que ha hecho que llegáramos un poco más tarde de lo pensado, justo a la hora de comer. Nos hemos sentado en la terraza de un pequeño restaurante y hemos pedido unos spaguetti y una ensalada, ambos condimentados con las famosas cebollas, que estaban riquísimos. Después hemos aprovechado para pasear un poco.

Tropea está ubicada en un promontorio rocoso frente al mar y tiene un peñasco frente a ella en el que se encuentra el símbolo más reconocible de la ciudad, el islote de Santa María de la Isla. Es un pueblo agradable de callejuelas estrechas y palacios decadentes, cuando no en ruinas. Desde aquí salen barcos para visitar las islas Eolias y hemos estado tentados de hacerlo, pero el próximo partía dentro de dos días y era mucho esperar.

Así que hemos continuado el camino, aunque nos ha costado arrancar. Los kilómetros van haciendo mella en nuestras piernas y la expectativa de las cuestas que nos esperaban no nos animaba demasiado. Al final hemos tenido una etapa bien completa, con viento de cara, frecuentes y generosas cuestas y pinchazos. Eso sí, el paisaje nos ha regalado bellas estampas, como el perfil de Cabo Vaticano o las aguas azul turquesa de los alrededores de Tropea.

Hemos acabado la etapa en uno de los muchos resorts de playa de la zona, que en esta época están prácticamente deshabitados y tienen precios bajísimos. Está ubicado entre el bello pueblo de Nicotera y el mastodóntico puerto de Gioia Tauro, el más grande de Italia.

Todo esta zona es terreno fértil para otro de los no tan idílicos fenómenos de la cultura calabresa, la ´ndrangheta. Esta palabra tan extraña, proveniente del griego, hace alusión a la organización mafiosa de Calabria, menos conocida que la Cosa Nostra siciliana o la Camorra napolitana, pero, según dicen, mucho más activa y poderosa en los tiempos que corren.

Mañana, antes de llegar a Villa San Giovanni, desde donde cruzaremos el Estrecho de Messina, tendremos que superar otro escollo montañoso de más de quinientos metros. Y es que en Calabria no hay término medio, o mar o montaña.

Etapa 41: Fiumefreddo – Vibo Marina (91 kms)

Al igual que ayer, hoy las previsiones han errado, lo que hemos agradecido enormemente. A pesar de que esta noche ha llovido bastante y el cielo se ha levantado encapotado, no nos ha caído ni una gota.
La etapa ha sido del estilo de la de ayer. Hemos pedaleado todo el rato junto al mar, por la Tirrénica Inferior, pero los lugares que hemos ido atravesando no han excitado excesivamente nuestra sensibilidad. Será que estamos mal acostumbrados de las etapas anteriores. Toda esta parte tiene bastantes zonas agrícolas.

Hemos visto muchos puestos de fruta y verdura en la carretera. Naranjas, fresas, berenjenas, pero la reina de todas ellas es, la aquí famosísima, cebolla roja de Tropea. Mañana pasaremos por el pueblo que da nombre a la famosa hortaliza, pero las hemos venido viendo por todo el camino.

La gastronomía de Calabria es célebre, aparte de por la humilde cebolla, por otros manjares. Aquí se producen varios embutidos conocidos en el resto de Italia, pero destacan especialmente la n´duya y la soppressata. Esta última no es nuestra sobrasada mallorquina sino una especie de chorizo cular. La n´duya, sin embargo, sí que es muy parecida al famoso embutido balear. Al igual que éste, también se unta en pan y su elaboración debe de ser similar.

La presencia española (de la Corona de Aragón en aquellos tiempos) en Calabria (al igual que en Sicilia y Nápoles), ha dejado ciertas similitudes culturales en ambos lugares. Hoy, por ejemplo, en el turístico pueblo de Pizzo, hemos visto un comercio con dos gigantes en la puerta. Nos referimos a aquellas figuras de los gigantes y cabezudos de nuestras fiestas. El amable dependiente nos ha dicho que, seguramente, aparecen en todo el sur de Italia por influencia de los tiempos de la Corona de Aragón. También nos ha dicho que los españoles dejaron otras herencias. Aquí, por lo visto, cuando se refieren al miedo, en lugar de decir paura, como en el resto de Italia, dicen españarse, es decir, que vienen los españoles, más o menos. ¿Será esto nuestra famosa marca España?

Este pueblo, Pizzo, es famoso por sus helados. Más en concreto por el tartufo, ese postre recubierto de chocolate. No podíamos pasar de largo sin probarlo. También hemos aprovechado para tomarnos una leche de almendras, algo así como una horchata valenciana pero de este fruto seco. ¡Deliciosa!

Bueno, después de tanta cita gastronómica os dejamos que aún no hemos cenado y toda esta retahíla nos está abriendo el apetito.

Etapa 40: Praia a Mare – Fiumefreddo (88 kms)

Como podéis ver, al final las nubes nos han dejado avanzar. Apenas han llovido unas gotas esta mañana pero el resto del día hemos tenido un cielo con bastantes claros, perfecto para pedalear.

La etapa de hoy ha sido menos sorprendente que la de ayer. No podemos decir que los paisajes no hayan sido bellos, pero los de los días pasados habían puesto el listón muy alto. Además, la carretera que seguimos, la SS 18 o Tirrena Inferior, tiene bastante tráfico por esta zona puesto que no tiene vías alternativas y los pueblos que atraviesa son centros turísticos sin demasiado atractivo.

A pesar de todo ello ha sido una etapa agradable y el pedaleo nos ha cundido bastante. Además estamos de celebración. ¡Hemos cumplido ya los tres mil kilómetros de nuestro periplo!.

Cuando miramos el mapa de Italia nos damos cuenta de lo que hemos descendido ya. Apenas estamos a unos doscientos kilómetros de Sicilia.

Ahora nos encontramos en plena región de Calabria, justo la punta de la bota. Aquí el mar sigue teniendo una gama de azules impresionante y hacia el interior, la tierra se eleva bruscamente en imponentes picos y montes.

La mayoría de los pueblos se yerguen en lugares elevados e inaccesibles y la costa está sembrada de torreones de vigilancia. Todo ello delata las frecuentes incursiones de los piratas que asolaron la zona desde tiempos medievales y también, quizás, la presencia del temido paludismo junto al mar.

Mañana dan lluvias. Esperamos que la previsión sea igual de fiable que la de hoy.

Etapa 39: Palinuro – Praia a Mare (84 kms)

Hemos llegado a un pueblo llamado Praia a Mare. Si venimos dos días antes nos hubiéramos encontrado con la cuarta etapa del Giro de Italia (Praia a Mare – Benevento).

Hoy hemos atravesado tres de las regiones del sur Italia, algo un tanto insólito en una etapa de 84 kms. Hemos salido de Campania, en la que llevábamos unos cuantos días, hemos llegado a Calabria, por la que andaremos las próximas etapas, y hemos cruzado la pequeñísima fracción costera de Basilicata.
En los primeros treinta kilómetros de la etapa nos hemos tenido que separar de la costa, puesto que la escarpada orografía ha obligado a los ingenieros a buscar pasos alejados del mar. En principio íbamos a intentar la ruta más corta, pero dos colegas de bici italianos que nos encontramos ayer en el camping nos lo desaconsejaron y nos sugirieron una variante con algún kilómetro más pero con menos pendiente. Hemos salvado el mismo desnivel que por la ruta que pensábamos hacer, cerca de 450 mts, pero subiendo por rampas menos agresivas. El camino ha sido todo un acierto, no sólo por habernos evitado algunos tramos de los que rompen las piernas, sino por la belleza del paisaje. Hemos salido de un camping junto a la playa y en unos pocos kilómetros estábamos pedaleando en plena montaña. Este es uno de los atractivos del Parque Nacional del Cilento y Valle de Diano, que contiene paisajes de mar, montaña y llanura, y todo ello trufado de historia y mitología.

Hemos rodeado el monte Bulgheria, nombre derivado de los búlgaros que repoblaron esta zona siglos atrás. La mayoría de los pueblos se ubican encaramados en escarpados promontorios, seguramente como método de defensa ante los ataques provenientes del mar. Un bello ejemplo es Roccagloriosa, uno de los más grandes de la zona.

Tras rodear el Bulgueria hemos vuelto al mar, como transportados de repente a otro mundo. Hemos tenido que rodear el golfo de Policastro, que realmente se extiende entre las tres regiones de las que hablábamos. En Sapri, un turístico enclave situado en una pequeña bahía, hemos parado a comer. Justo allí se pasa de Campania a Basilicata y se encuentra la frontera del Cilento y su parque Nacional.

La costa de Basilicata es igualmente bellísima, o más si cabe. A pesar de que ha sido un contínuo subir y bajar, hemos disfrutado de lo lindo. De repente, tras una curva de la solitaria carretera, nos encontrábamos con una pequeña ensenada de color turquesa, o con impresionantes escarpes cayendo verticalmente al mar.

Suponemos que en verano la zona estará masificada por el turismo pero nos cuesta entender que ahora no haya prácticamente nadie más que nosotros admirando tanta belleza, lo cual hace que nos sintamos aún más afortunados.

Ahora estamos en un camping frente a una pequeña isla, Dino, cuyo nombre parece ser que deriva de un antiguo templo dedicado a Venus. No sabemos si mañana nos tocará quedarnos aquí en parada forzosa ya que las predicciones meteorológicas anuncian lluvias durante todo el día.

Etapa 38: Santa María de Castellabate – Palinuro (67 kms)

Como decíamos ayer, hemos aprovechado esta mañana para visitar el hermoso pueblo de Santa María. Es un pequeño puerto de pesca en el que, en esta época del año, se respira un ambiente tranquilo sin apenas turistas.

La mañana se ha levantado nublada y con algo de lluvia. El pueblo vecino, Castellabate, está unos doscientos metros más arriba, en la ladera de la montaña, pero hoy había algo de niebla y apenas se veía.
Hemos pedaleado por el corazón del Cilento, una zona mucho menos conocida que la cercana costa Amalfitana. Esta última exhibe más glamour y puede que sea más pintoresca, pero el Cilento es más agreste, más salvaje y seguramente más auténtico. Desde luego está mucho menos frecuentada por el turismo. Y guarda en su seno rincones realmente bellos y lugares cargados de historia y mitología.

Nada más salir de Santa María de Castellabate está Punta Licosia, nombre que se asocia a una de las sirenas de la mitología y, según algunos autores, zona en la que está basado el pasaje de la Odisea. Quién sabe pero, como siempre, nosotros preferimos dejarnos llevar por la imaginación y pensar que por aquí anduvo el asendereado héroe homérico.
Un poco más adelante, hemos parado en Acciarioli, otro pequeño pueblo marinero que, desde hace años, está ligado a la figura de Ernest Hemingway. Por lo visto, el escritor pasó alguna temporada por aquí y se dice que trabó amistad con un pescador que le sirvió de inspiración para su novela “El viejo y el mar”. No sabemos si será cierto pero, con Hemingway, uno tiene la sensación de que vayas donde vayas él ya anduvo allí. Y como si de una franquicia se tratara, siempre encuentras un bar o restaurante con su nombre.

Pedalear por aquí es una gozada, ya que apenas pasan coches y el paisaje es hermoso. El precio a pagar es el de tener que subir y bajar cuestas constantemente. Mientras nuestras piernas aguanten, bien lo vale.
Hemos parado en Pioppi, pueblo que alardea de ser la capital mundial de la dieta mediterránea. No debe ser, por tanto, un mal lugar para comer. Nosotros lo hemos hecho en un bonito restaurante junto al mar, el Pioppi Café. Allí Gianni, que regenta el restaurante, nos ha tratado de maravilla y Marco, el majísimo cocinero, nos ha preparado unas riquísimas viandas. Gianni nos ha contado que hizo el Camino de Santiago el año pasado con una amiga suya. De hecho ella, inspirada por la experiencia compostelana, ha creado algo similar en el Cilento, la Vía Silente. Es una ruta de unos 600 kms por la región , dividida en 15 etapas y preparada para poder pernoctar en albergues o casas rurales. Por supuesto, también cuenta con las credenciales que hay que ir rellenando en cada una de las etapas. Es una excelente idea y una buena manera de conocer esta maravillosa zona que, por lo demás, es Parque Nacional y Patrimonio mundial de la Unesco. El próximo día 15 de mayo celebran el inicio de la ruta. Eso si, hay que venir algo preparado porque la zona, llana, no es. Os dejamos un enlace con información: http://www.laviasilente.it

Nos hemos despedido de la gente del Pioppi Café y hemos partido, aunque no nos hubiera importado quedarnos al concierto que tenían preparado para esta noche.
Unos kilómetros más adelante hemos pasado por las ruinas de Velia, ciudad que quizás os suene más por su nombre griego, Elea, de donde eran Zenón y Parménides, y que dío nombre a la famosa escuela filosófica. Y es que estamos en el corazón de la antigua Magna Grecia. En un principio, nuestro viaje iba a terminar en Atenas aunque finalmente nos hemos decantado Sicilia. Aunque no estemos en Grecia, su pasado clásico ha dejado una fuerte impronta en estos lugares y, de alguna forma, completa nuestro periplo mediterráneo.
Desde Elea, la carretera trepa por una colina hasta un pequeño pueblo llamado Ascea. Como venía sin afeitarme desde que salí de España y las barbas estaban empezando a ser algo molestas, he pensado en cortar por lo sano. En Ascea, junto a la carretera, hemos visto la barbería de Peppino y nos ha parecido el lugar ideal para ello. Al dueño se le ve un barbero de raza y lo es después de cincuenta años de oficio. Es la primera vez que me afeitan a cuchilla y la situación impone un poco, pero el maestro ha hecho un buen trabajo.

Peppino nos ha avisado de que, tras Ascea, hay un par de kilómetros en los que la carretera está en mal estado y tiene una buena pendiente. No le faltaba razón al barbero, ¡menudo tramo!, aunque las vistas eran espectaculares.

Superado este escollo, el camino llanea hacia Pisciotta, un bellísimo pueblo encaramado en lo alto de un promontorio. La primera visión del lugar en lo alto, con el mar al fondo, es imborrable.

Desde Pisciotta, la carretera desciende suavemente, entre olivos y limoneros, hacia al cabo de Palinuro. Hemos acabado aquí nuestra etapa, en un camping situado junto al mar desde el que se ve el saliente de tierra que lleva por nombre el del timonel de la nave de Eneas en su salida de Troya, lo que un mito explica bellamente (podéis leerlo aquí). Y es que, como véis, la geografía y la mitología están indisolublemente unidas en esta bella región del sur de Italia.