Toulouse

Etapa 9: Lamagistère – Toulouse (98kms)

Hoy hemos completado el último tramo del Canal del Garona hasta Toulouse. En esta ciudad dicho canal se junta con el del Midi, que es por el que circularemos los próximos días, formando lo que se conoce como la cicloruta de los dos Mares.

Toulouse es una ciudad que ya nos gustó la primera vez que estuvimos. Nada más llegar se palpa la gran vitalidad que tiene y sobre todo, la cantidad de gente joven que hay por todas partes. De hecho, es una de las principales ciudades universitarias de Francia.

El día ha salido soleado y con buena temperatura. La única pega que podemos ponerle ha sido el viento en contra que hemos tenido durante toda la etapa, especialmente en los últimos treinta kilómetros. Circular por las pistas del canal con un día como este es un auténtico placer. Y más aún  si, de vez en cuando, paras en pueblos como Moissac. Ya habíamos estado en él en nuestro anterior viaje pero aquella vez nos encontramos con un pueblo casi desierto y hoy, domingo de mercado, es un hervidero de gente por todas partes.

Nos encanta el ambiente de los mercados en Francia. Hay puestos de fruta y verdura, de quesos, de comidas exóticas… todo con una pinta estupenda. Las ciudades recobran la vida que, en días normales, echamos en falta en sus calles. Hemos aprovechado para comprar víveres en el mercado, unas manzanas exquisitas, algunos frutos secos y embutido. Y hemos aprovechado para comer frente al pórtico de la famosa abadía de Saint Pierre de Moissac.

Mientras comíamos, hemos empezado a escuchar un enorme estruendo que provenía, curiosamente, del interior de la iglesa de Saint Pierre. Al acercarnos, hemos visto que había un grupo de danzas africanas bailando al son de varios enormes tambores. El contraste entre el hieratismo del pórtico con la alegría de los africanos era divertido.

Con un poco de pena hemos dejado atrás el bullicio de Moissac, pero el camino continua. A un par de kilómetros de la ciudad, hay un bonito puente-canal (o acueducto) construido en el ladrillo rojo típico de esta zona.

Los siguientes treinta kilómetros hemos rodado con bastante alegría ya que el viento no era excesivo. Hemos atravesado muchas tierras sembradas de colza que dan al paisaje un alegro tono de amarillo intenso.

Hemos hecho un descanso en un pequeño pueblo llamado Grisolles. Hemos parado en el único bar que estaba abierto. Tenía buen ambiente en su terraza y es que, al parecer, hoy habían hecho un mercadillo de compra venta de cosas usadas. Esto es algo común en Francia. De vez en cuando aprovechan para vender todas esas cosas que tenemos por casa y que ya no utilizamos. Para los que usáis Wallapop, lo mismo pero en directo.

Hablando con la dueña del bar resulta que es de Vitoria pero lleva once años aquí. Nos ha dicho que, cuando llegó, era una de las pocas españolas pero ahora hay bastantes por la zona, especialmente desde la «famosa» crisis. Dice que, como hay bastante trabajo en la recolección de la fruta, mucha gente viene a hacer la temporada y unos cuantos han optado por quedase a vivir aquí. La verdad es que cuando sales de España te das cuenta de la cantidad de gente a la que se ha echado del país, porque una cosa es venirte a vivir porque quieres, como la dueña del bar que lo hizo porque se enamoró de un francés, y otra muy distinta venir a coger fruta aquí porque en España no hay ni para eso.
Desde aquí a Toulouse hemos rodado más tranquilos, especialmente porque el aire de cara era cada vez más y más fuerte. Queríamos llegar hoy pero no queríamos acabar destrozados en la lucha contra el viento.

Poco a poco hemos ido avanzando y como casi todo, a base de constancia, hemos tocado las puertas de la ciudad que nos ha recibido con la alegría de la otra vez y con una luz muy especial, sobre todo en la zona del río.

Hemos encontrado una especie de apartamento estupendo por el centro a muy buen precio así que ahora toca descansar. Quizás hagamos un día de reposo aquí para disfrutar un poco más de la ciudad y relajar las piernas.

Etapa 8: Durance – Lamagistère (72 kms)

Hoy hemos llegado al Canal del Garona. No era nuestra intención original, pero visto que optar por el camino más recto hacía Toulouse suponía tener que enfrentarnos a una zona con numerosas colinas, hemos decidido hacer unos cuantos kilómetros más y seguir el carril bici que une el Atlántico, desde Burdeos, al Mediterráneo, en Sète. Esto es como una autopista para las bicis. Un carril con un firme impecable, sin apenas desniveles, con todo tipo de servicios y áreas de parada para los ciclistas. Seguiremos esta ruta hasta Sète, para empezar allí nuestro auténtico periplo mediterráneo. No obstante, nos parece interesante acercarnos al Mare Nostrum desde las costas atlánticas. De hecho esta ruta de bici se llama Ruta de los dos Mares.

Lo cierto es que ya sabréis (y ya comentamos) que hicimos esta ruta hace una par de años. Pero no nos importa volver a pedalear por ella, ya que atraviesa lugares a los que gusta volver.

La etapa de hoy ha sido también agradable. Hemos disfrutado de un día soleado, especialmente una vez que hemos llegado al Canal del Garona. Antes de llegar a este, hemos tenido que atravesar una zona de pinares en la que, debido a la abundante arena, nos ha costado avanzar ya que las bicis se quedaban clavadas.

Superado este escollo hemos avanzado por carreteras secundarias, pequeños pueblos y zonas con bastantes viñedos y alguna que otra colina.

Después de unos veinticinco kilómetros de pedaleo hemos llegado al Canal. Hemos comido en la ciudad de Agen, en la que ya estuvimos en el anterior viaje por aquí y que es muy agradable de pasear.

Desde allí hemos avanzado unos veinte kilómetros más hasta un pequeño pueblo llamado Lamagistère en el que estamos alojados en un pequeño Hotel-Albergue. El pueblo está enclavado entre el río Garona y su Canal lateral y la única pega es la enorme central nuclear de Valence que se ve desde la orilla del río.

Etapa 7: Saint Perdon – Durance (93 kms)

Hoy hemos disfrutado mucho de la etapa. El día ha salido estupendo, y después de la que nos cayó ayer, se saborea el doble. Además, hemos pasado por lugares con mucho encanto en el corazón de Armagnac, pero no, no hemos probado el famoso licor.

Lo primero que hemos hecho, después de dejar Saint Perdon, ha sido pedalear hasta Mont de Marsan y visitar la ciudad. La entrada en ella es de postal.

A pesar de ser una ciudad más bien pequeña, tiene unos cuantos rincones con encanto. Eso es lo bueno de Francia, que saben mimar sus pueblos y ciudades.

Nos hemos tomado un refresco en la terraza del café L´Entreacte, disfrutando del sol y de las vista a la plaza y el Teatro. También hemos aprovechado para comprar víveres para el camino.

Desde esta ciudad, hemos comenzado una vía verde deliciosa. Es la Vía Verde del Marsan y el Armagnac. Su trazado, con un firme impecable, avanza entre tierras de cultivo, bosques y pequeños pueblos.

Unos kilómetros más tarde, la vía deja de estar asfaltada para convertirse en un camino de tierra por el que las bicis con peso avanzan algo peor, aunque el paisaje lo compensa.

Así hemos llegado hasta La Bastide d´Armagnac. Hemos comido al sol en una de las cuidadísimas áreas de descanso de la Vía Verde y casi nos vamos sin conocer el pueblo. Menos mal que hemos entrado a verlo porque nos hubiéramos perdido un lugar precioso. Es un pueblo con un centro histórico pequeño pero conservado con mucho gusto y esmero. Tiene aires medievales en las fachadas de sus casas, sus soportales, su enorme iglesia con aspecto de fortaleza. Y también tiene muchísimos talleres de artistas y artesanos que han decidido trasladar allí su lugar de trabajo. Una delicia de lugar.

Desde allí hemos emprendido rumbo hacia el norte, atravesando campiñas con bastante viñedo, bodegas en auténticos castillos y unos cuantos pueblos con el sufijo D´Armagnac, lo que no deja dudas de la región que estamos atravesando.

Hacia el final del día nos hemos internado por una zona de pinares. No hay que olvidar que todavía estamos en la región de las Landas, uno de los pinares más extensos de toda Europa.

Por el camino nos hemos encontrado con un faisán y luego con dos enormes jabalíes. Por aquí abunda la caza y, por lo que hemos visto, los cazadores.

Como ya se iba haciendo de noche y los kilómetros iban pesando hemos empezado a buscar algún lugar para dormir. Pero nada, no había ninguno en todo el camino. Al final, hemos llegado a un pequeño pueblo llamado Durance dispuestos a dormir donde fuera. Hemos entrado en el bar del pueblo y el dueño, que se llama Eduardo y es catalán, nos ha dicho que el próximo hotel, camping… está a veinte kilómetros. Menos mal que un amable parroquiano del bar nos ha ofrecido su jardin para poner la tienda. la casa está a unos dos kilómetros del pueblo y hemos ido como hemos podido detrás de su coche. Así que aquí estamos, en el jardin de la casa de este hombre del que no sabemos ni su nombre (en cuanto ha llegado se ha vuelto al bar donde estaba, como debe ser).